Política

6 Ene 2016
Política | Por: Fernando Colocho

Yo sí creo en El Salvador

«Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya» – Séneca.

Vivir en El Salvador es estigmatizante. Afuera se piensa que nuestro pequeño país se constituye como una mini sucursal del infierno. Dentro se aprende a valorar las hermosas cosas que hacen que cada día valga la pena. ¿Entonces, cuál es la verdad?

Me niego rotundamente a proclamar que El Salvador es un Estado Fallido. En primer lugar, porque el Estado no lo conforma la clase política en el gobierno sino las personas que le dotamos de identidad. Bien lo dijo Immanuel Kant: «El Estado, al igual que el suelo sobre el que se halla situado, no es un patrimonio. Consiste en una sociedad de hombres sobre los cuales únicamente el Estado tiene derecho a mandar y disponer. Es un tronco que tiene sus propias raíces». Por tanto, un fracaso para El Salvador significa un fracaso para mí. Por eso no logro concebir cómo existen personas que se sientan cómodamente como espectadores para ver la forma en que el país cae en decadencia solo para posicionar su opción política como una virtual solución a la crisis; eso es vileza y cobardía, muestra expresa de una indolencia hacia el pueblo salvadoreño y su realidad.

No entiendo la mentalidad de las personas que se manifiestan en redes sociales condenando ciegamente cualquier gobierno –del lado que sea– bajo la bandera de corrupción, ineptitud e ineficacia. No se puede apreciar de ser un análisis serio y libre de sesgo si no es capaz de pensar más allá del vox pópuli, sin leer, ver, escuchar y cuestionar objetivamente. Se cobija bajo la bandera de la libertad de expresión, pero ¿cuál libertad? Si la libertad de expresión no es usada como un mecanismo de debate y cuestionamiento, se vuelve un arma propicia para ofensas y calumnias que no aportan nada relevante al país.

Cada gobierno enfrenta factores exógenos que le particularizan y lo excluyen de un análisis comparativo histórico. Es falaz comparar cifras económicas, demográficas y delincuenciales salpicándolas con tintes políticos cuando es evidenciable que las sociedades son dinámicas en su naturaleza, mantienen relaciones con un entorno y eso les hace susceptibles a fenómenos globales por encima de cualquier influencia bien intencionada. Dichas comparaciones son válidas cuando se estudian como una progresión global, la parte de un todo, no aisladamente descontextualizando por completo.

El punto acá no es criticar o no a un gobierno. No se trata de satanizar izquierdas ni derechas. Se trata de comenzar a cerrar la boca y levantarse a concretar hechos. Menos pronunciamientos de gremiales empresariales y más fondos de apoyo al emprendimiento joven, con capitales semilla que sean verdaderos impulsores del motor productivo y no raquíticas cantidades inferiores a un sueldo mensual de ellos. Menos noticiarios y periódicos sensacionalistas que exaltan los errores e ignoran los avances en diversos campos.

El Salvador NO ES un país de pandilleros. Seguimos siendo más los jóvenes que poblamos las universidades que los que llenan las bartolinas y las cárceles de nuestro país. Más los que aspiramos a empleos honestos y dignos que los que roban las pertenencias de los demás para satisfacer sus vicios. Son más los que expresamos opiniones críticas neutrales que los que insultan posiciones contrarias sin el mínimo argumento.

Yo sí creo en mi país. Creo en su gente y principalmente en sus jóvenes. He pasado casi 10 años enseñando a jóvenes desde educación básica hasta universitaria y cada día me convenzo más de su enorme potencial, de su capacidad transformadora y su espíritu visionario, incluso en medio de una sociedad que nos invita a la mediocridad.

Por el hecho de que creo en mi país me abstengo de criticar sin actuar. Es demasiado fácil burlarse de quién intenta hacer algo, condenarle y ridiculizarle por el pecado de dar el beneficio de la duda a la tierra donde nació.

Veinte años de derecha y seis de izquierda nos han llevado hasta aquí. Uno no tiene mayor peso que el otro, porque la realidad dejó de ser horizontal desde la Guerra Fría. Lo que nos ha llevado hasta aquí es nuestro esquema mental heredado. Todos los que hemos nacido después del 16 de enero de 1992 no tenemos por qué abrazar ideales intolerantes y mutuamente excluyentes. Dejemos los fantasmas de élites económicas todopoderosas que buscan apoderarse del país o de grupos comunistas que buscan arruinarnos e instalar ideologías totalitarias. Ambos conceptos son distorsiones paranoicas. Aquí no existen tales absolutos.

Lo mínimo que podemos hacer por El Salvador es darle una generación de jóvenes optimistas y pensantes. No más mano de obra barata ni títeres de ideologías obsoletas. Una masa crítica que desde la academia se impregne en la sociedad desde las fibras más básicas hasta las élites políticas llevando un nuevo pensamiento. Aunque todos digan lo contrario… yo sí creo en El Salvador.

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