Política

25 Mar 2016
Política | Por: Joshua Alfaro

Volvamos al camino de la paz

Cuando Karin Muller, cineasta y escritora, estuvo en el Peace Corps entre 1987 y 1989, construía escuelas en un pueblecito de Filipinas. Una noche, miembros del Nuevo Ejército Popular (NPA), la rama armada del Partido Comunista de Filipinas, fueron a su cabaña a interrogarla. A primera hora de aquel día, los aldeanos la habían advertido de que aquello ocurriría, de modo que se armó con dos productos preciosos: azúcar y café.

Cuando llegó el comando del Nuevo Ejército Popular, ella exclamó: «Gracias a Dios que ya están aquí. Llevo todo el día esperándolos. Por favor, tómense un café. Dejen las armas en la puerta». Su reacción descolocó al jefe del grupo, pero el hombre dejó el arma y se sentó a tomar café. Ella evitó un interrogatorio o algo peor porque, según la propia Muller, «no puedes interrogar a alguien con quien estás tomando café». Muller no reaccionó con rabia, ni con indignación, ni con pánico (que es como yo hubiera reaccionado).

Por el contrario, lo que hizo fue tocar una emoción en el jefe del grupo y transformar una situación de fuerza bruta e intimidación en una de conversación y comunicación. El cambio complació al hombre por su inesperada hospitalidad y transformó su corazón, su mente y sus acciones.

La historia de Karin Muller es el mejor ejemplo que pude encontrar para demostrar que el diálogo sincero es el camino a la paz, en nuestro país estamos cansados de la intimidación, el miedo y el odio que inundan los titulares noticiosos. En El Salvador la sociedad está hastiada de la corrupción, la polarización y la confrontación de la clase política.

Pero la rabia y la ira son emociones muy intensas que pueden mover las voluntades de las personas y en épocas electorales se convierten en una redituable forma de hacer política, que beneficia a nuevas figuras con discursos radicales y rupturistas pero que al final de cuentas surgen de la periferia del establishment, esas figuras que llaman a la confrontación solo ambicionan el poder y conquistan el apoyo de las masas agitando emociones muy elementales de venganza y revancha contra el sistema, contra los ricos, pero lo más triste; contra los propios compatriotas.

Los casos como Donald Trump en Estados Unidos, Lula da Silva en Brasil, Mauricio Funes y ahora el más reciente célebre Nayib Bukele en nuestro país como grandes figuras influyentes no son casos aislados. Lula da Silva y Mauricio Funes representaron la esperanza en su época pero ahora son el rostro de la corrupción.

La antipolítica es la nueva forma de hacer política, atacar el sistema y agitar el odio contra las oligarquías, contra los empresarios, contra la corrupción y contra la clase política de la que ellos son parte. Mostrándose como los paladines de la salvación y los caballeros de la anticorrupción es la mejor forma de ganar seguidores.

Sociedades han derrocado dictadores para llevar al poder a nuevos dictadores, porque los dictadores influyentes conocen a la perfección la psiquis colectiva y envían todos sus mensajes a nuestro sistema límbico, esa parte del cerebro humano que es el origen de nuestros impulsos, instintos y emociones más primitivas.

Nuestro país no necesita más políticos influyentes que agiten el odio, la única salida a tanta violencia es el camino del diálogo, la paz y la conciliación. La clase política y la clase empresarial deben dar muestra de buena fe y buscar el diálogo sincero.

El diálogo y la paz es el único camino que provoca un cambio voluntario en los corazones, en las mentes y, por lo tanto, en los actos de la gente. Es algo más que manipular a las personas para obtener votos. El perdón, la paz y la reconciliación transforman situaciones y relaciones. Convierte la hostilidad en hospitalidad y vuelve a los escépticos y a los cínicos en creyentes.

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