Política

8 Dic 2014
Política | Por: Ernesto Hernández Otero

Un día en la vida

Yo quiero ser uno de los que en un futuro de paz podremos llamar “los nuevos próceres” de la República.

La alarma suena a las 5:30 de la mañana para 10 minutos más tarde levantarse. Se alista, desayuna un café negro y una taza de leche con avena; verifica en su maleta el material que utilizará para dar sus clases, agarra la llave del carro que parqueó la noche anterior frente a su casa con la confianza de que el guardia de enfrente y las lámparas nocturnas hayan ahuyentado a cualquier vago que deambulando intentará apropiarse de lo ajeno.

Sale de su casa viendo su reloj, confirmando que las agujas marquen menos de las 6:40 para lograr evitar el tráfico y poder llegar temprano a su trabajo. ¿Cuál es la sorpresa al acercarse al carro y ver que en el lugar donde debería estar el emblema solo se encuentran los restos del pegamento? Con un poco de amargura comienza su jornada laboral.

La mañana siguiente, habiendo comprado el repuesto, decide ir a un taller en plena Avenida Roosevelt para remachar todas las piezas robables y así evitar ser víctima de otros vándalos. Mientras expresaba con el mecánico la desesperanza por la situación delincuencial del país, de una camioneta negra frena frente al taller bajan cuatro tipos a cual más feo, que cualquiera diría son personajes de la serie de Pablo Escobar. Uno de ellos saca una pistola de su calzoncillo (disculpen lo gráfico de esta crónica, pero el sentimiento de asco es innegable.), la cargó, se acercó y empuñándola la puso sobre la cabeza de ese hombre que solo quería evitar la delincuencia. Le quitaron su celular que recientemente había adquirido con dinero ganado con esfuerzo y de remate se llevaron su reloj.

Con el coraje que da la adrenalina, la víctima subió a su carro (que por suerte no fue robado), los 3 mil 500 centímetros cúbicos del motor hicieron combustión y las 2000 libras de peso comenzaron a moverse rápido. La intención que era suficientemente legal bajo el derecho a la defensa propia, era de  atropellar al malnacido que cobardemente armado de una 9 milímetros había elegido el camino criminal como modo de vida, que sin escrúpulos ni humanidad merecía un castigo de la misma naturaleza. Dicho deseo no se convirtió en realidad, pues el ladrón había huido sin dejar rastro, tal cual una rata de alcantarilla.

Quizá hubiera sido demasiado trabajo limpiar las llantas ensuciadas con el cuerpo de ese delincuente que sin duda terminará pagando en vida toda su maldad.

El frio del metal de una pistola sobre la cabeza se siente hasta el dedo más pequeño del pie. Y la verdad es que como en las películas, la vida se ve pasar en un segundo. No existe forma de sentir más vulnerabilidad que cuando la vida depende del dedo de un cobarde que siendo joven y fuerte no tiene el coraje de vivir en sociedad.

Ese hombre al que le pasó esta historia soy yo, pero en nuestro país podríamos ponerle mil nombres de otras personas que han vivido lo mismo o aquellos que un ladrón considerando que su vida no valía nada decidió arrebatárselas.

Yo no quiero seguir escribiendo historias de cómo la violencia se ha convertido en eje principal de la vida de los salvadoreños. No puedo entender el conformismo ciudadano que acepta la vulnerabilidad como status quo. Tampoco comprendo  la deficiencia del sistema de defensa, seguridad y judicial de este país. Pero al mismo tiempo, darme cuenta del desastre social que vivimos me motiva cada día a levantarme, trabajar, escribir estas columnas y espero  un día poder estar en el terreno trabajando por el país desde cualquier poder del Estado.

Sé que este sentimiento de apropiación nacional no me es exclusivo, por lo que invito a todas las personas que comparten mi misma motivación pro-social a acercarnos, armar un equipo de ciudadanos activos por la paz, que creamos en los valores cívicos como regla fundamental de la sociedad y que luchemos por lograr participación política lo antes posible.  Solo aceptando la fuerza ciudadana podemos salir de este túmulo en la historia de nuestro país, y no sé ustedes, pero yo quiero ser uno de los que en un futuro de paz podremos llamar “los nuevos próceres” de la República.

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