Política

20 Ene 2015
Política | Por: Ernesto Hernández Otero

Un candidato no quiere que le escriban

Un candidato que si no es alcalde no quiere ser concejal, más vale alejarlo del poder, porque el capricho lleva a la tiranía, y la tiranía solo lleva a la desdicha.

Muchas personas están acostumbradas a andar la camisa con el rostro de un político del que poco o nada conocen. Yo no soy uno de ellos. La publicidad de los candidatos no me convence, o tal vez aspiro a un nivel de política en el que las acciones pesen más que las promesas. Pero inevitablemente es cuestión de tiempo que aquello que deslumbra por lo aparente, demuestre que no porque brille es oro; que a veces, es solo llamarada de tuza.

Ahora, en pleno 2015, mientras millones de franceses se manifiestan en las calles defendiendo la libertad de expresión, en El Salvador resulta que es pecado hacer contra-campaña a los políticos que presumen ser renovados. ¿Por qué va a ser motivo de persecución lanzarle a un candidato a un puesto de elección popular preguntas sobre los rincones oscuros de su persona?

Tildar a todo autor de mensajes que no apoyan una causa o a una persona de beligerante, lanzándolo al coliseo de un pueblo mediáticamente hipnotizado, es también un atentado a la libertad de expresión. Y no es justo que en un país que defiende ese derecho, se aproveche la febrilidad de los enajenados para vengar a la víctima victimizadora. Los marginados y perseguidos políticos se quedaron en los 80 y no va a ser ahora que utilizando el bulliying cibernético se nos someta a todos los que divergimos del pensamiento de un candidato que no le gusta que se pongan en duda sus motivos y sus obras, cuando ha dado muchas razones para dudar de la nobleza de sus ambiciones.

Además, ¿dónde queda la credibilidad de un político que habiendo prometido largos años en una ciudad pequeña, en su primer período regala su alcaldía cuando le ofrecen el bastión perdido de la capital? Las obras son importantes a la misma medida que la lealtad y la constancia, la ausencia de una de esas tres condiciones son las que crean a los malos políticos; y nuestra historia reciente nos ha enseñado que dejar las cosas a medias es una tradición propia de nuestros gobernantes. Cada alcaldía y el mismo gobierno central han seguido con los proyectos del predecesor y ha logrado venderlos como propio. Incluso, la más reciente inauguración del nuevo hospital de Maternidad es un proyecto que ha venido rebotando en los últimos tres gobiernos. Al final en la política nada es nuevo, puede ser mejor o peor pero al final de cuentas todo es trasegado; el mismo producto pero con colores diferentes.

Como muchos capitalinos, no voy a votar por las “nuevas ideas” que solo son un cambio en la paleta de colores; un rebranding de una marca caducada, con el insight de una ciudadanía desesperanzada. Pero al igual que los demás, y repito en mayúsculas, IGUAL QUE LOS DEMÁS, es la misma cortina de humo que antecede al show visto y revisto de censura, ego, pan y circo.

Si en dos años, como muchos presagian, este mismo candidato decidiera otra vez dejar a medias su período, ahora por aspiraciones presidenciales, abandonaría entonces mi ciudad dejando por segunda vez una alcaldía a cargo a alguien por quien no ha votado nadie, como si se tratara de un imperio, donde el emperador designa al sucesor que le plazca.

Para terminar, recordemos que un candidato dijo hace un tiempo en una entrevista que “uno no puede ser veleta y decir solo lo que conviene”, pero olvidó que el honor está en terminar el trabajo y cumplir las promesas. Es mejor esperar antes que irse a medio tiempo solo porque el viento sopló más fuerte. Si ser veleta es tener nuevas ideas, levantemos el ancla a los renovadores y que zarpen a otros mares, porque yo en mi país quiero gente que se comprometa a tener los pies en la tierra, que se ensucie las manos pero defendiendo los valores de la República, que tenga objetivos y no los abandone cuando la ambición crezca. Un candidato que si no es alcalde no quiere ser concejal, más vale alejarlo del poder, porque el capricho lleva a la tiranía, y la tiranía solo lleva a la desdicha.

 

 

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