Política

20 Ene 2016
Política | Por: Fernando Colocho

Sangre nueva, partidos viejos

“El mayor pecado imperdonable para la sociedad es la independencia de pensamiento” – Emma Goldman.

La forma de hacer política en pleno Siglo XXI ha cambiado. Es lógico, debe ser así. Los dirigentes y principales actores del espectro político nacional han modificado viejos discursos y han introducido conceptos que buscan generar aceptación de parte de la ciudadanía. Ya se habla de libertad de expresión, de transparencia, diálogo con las bases y la sociedad civil. Se habla de esperanza y del buen vivir. Pero esta retórica mal camuflada de discurso patriótico motivacional no exime del hecho más esencial: las dos principales fuerzas políticas del país están críticamente desfasadas.

Construir visión de país desde una estructura mental concebida en tiempos de guerra e incapaz de adaptarse a los tiempos modernos, es síntoma de una grave falencia intelectual. Pero más grave aún, en mi opinión, es negarse a dar un paso al costado y concretar el relevo generacional que lleva años gestándose en múltiples formas desde la derecha e izquierda.

En este espacio, me referiré a dos anécdotas particulares que guardan mucha similitud entre sí, no solamente por el concepto que buscan transmitir sus protagonistas, sino por la reacción generada por el ala dura de sus respectivas banderas. Resultado que tuvo la respectiva cobertura mediática y despertó pasiones a favor y en contra.

Por la tarde del 21 de diciembre del año recién pasado, vimos cómo el alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, denunciaba en conferencia de prensa supuestas amenazas lanzadas directamente por el ahora exfiscal Luis Martínez ante la negativa de apoyar su reelección al frente de la Fiscalía General de la República (FGR). Punto y aparte de la veracidad de las acusaciones, llamó la atención cuando Bukele, luego de exhortar públicamente a su partido para que descartara a Martínez de sus opciones, hizo hincapié en el hecho de que abandonaría las filas del FMLN si se llegaba a concretar una alianza que propiciara la reelección del exfiscal.

Perfecto, pongamos pausa por un momento para que luego no digan que existen preferencias partidarias y vamos al otro lado de la cancha. El miércoles 6 de enero, cuando se votaba en sesión plenaria extraordinaria de la Asamblea Legislativa para elegir al abogado Douglas Meléndez como nuevo fiscal general, se alzaron obedientemente todas las manos de los grupos parlamentarios para votar… excepto una: la de Johnny Wright Sol.

Lo que aconteció después fue un dolor de estómago para la bancada de ARENA: mientras el diputado Wright enfatizaba el voto por conciencia y su escepticismo ante un proceso, en su opinión, poco transparente, todos los parlamentarios oían sin escuchar. Esperando únicamente el momento en que terminara su intervención para desacreditarla tildándola de “inmadurez” e “inexperiencia”.

Todos conocemos el desenlace de ambas anécdotas. Prominentes dirigentes de ambos partidos literalmente dijeron que no necesitaban ningún tipo de amenaza y que si existe descontento con las decisiones que se toman, la puerta es grande para poder irse. Creo, lastimosamente, que ninguno de ellos es capaz de dimensionar las implicaciones políticas que esos encuentros han tenido en la población joven. Los que no votan por las caras de siempre ni cantan el himno de ningún partido. Los que perciben en los dos personajes arriba mencionados un pequeño atisbo de frescura en la política nacional.

Es ahí donde invito a quienes se han tomado el tiempo para leer esto, que saquen sus propias conclusiones. ARENA y el FMLN están pecando de soberbia. Desestiman el capital político que han logrado alcanzar gracias a figuras provenientes de sectores empresariales o de la sociedad civil. Pero peor aún, están trasmitiendo a la población verdaderamente apartidaria que no son institutos políticos tolerantes al disenso como dicen sus discursos. No tienen apertura ni diálogo. No aceptan sugerencias, exhortaciones ni observaciones. Darle la espalda a la renovación es el más claro síntoma de decrepitud política.

Muy poco servirá entonces que surjan jóvenes diciendo que no serán un político más, que harán obras concretas cada día, que tengan una verdadera escala de valores morales si no existen institutos políticos que los merezcan; que los reciban, les den la batuta y se hagan a un lado para sentarse a ver lo que es vivir sin resentimientos de guerra. Servir genuinamente al pueblo, no por dinero ni privilegios, sino por verdadero amor a la tierra que nos vio nacer.

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