Política

15 Jun 2015
Política | Por: Ernesto Hernández Otero

Rechacé el trabajo que quería

Durante las primeras  décadas de la vida de una persona, todo lo que se aprende va encaminado a llegar al día en que todo lo aprendido se aplica en el trabajo y eso se cambia por un cheque a fin de mes.

Desde la parvularia se estudian los oficios. Ahí comenzamos los niños a soñar con ser bomberos y policías, y las niñas con ser enfermeras y veterinarias. Aún recuerdo esas fichas para colorear, pero hasta ahora entiendo el objetivo de sembrar en la mente de los niños la necesidad de elegir una actividad para hacer el resto de la vida. Luego, en tercer grado, comienzan las presentaciones de las profesiones de los papás, donde llegan y cuentan lo que hacen. La mayoría de niños comenzamos a completar la imagen del futuro, sentados en un sillón de cuero, detrás de un escritorio que tenga las fotos de nuestras familias, y hacer llamadas sin parar a nuestros amigos que también están haciendo lo mismo.

Ya en secundaria aparece el factor de la realidad, y con eso surge la conciencia de que no se puede ser doctor, ingeniero, astronauta y deportista, todo al mismo tiempo. Resulta difícil comprender que trabajar no es solo divertirse, sino que este trabajo tiene que ser para vivir, para comprar casa y carro, pagar facturas, comprar muebles, y unos años después  criar hijos y repetir el ciclo. Es el momento de elegir el carril de la carrera que se quiere correr. Es la elección más difícil de la vida, pues tiene que lograrse el balance entre diversión, desafío y rentabilidad.

Es quizás a los 18 años que comienza a entenderse que el objetivo de haber madrugado varios años los sábados para aprender inglés, y varios años más para aprender francés, o cualquier idioma, fue abrir puertas que no existían. Lo que todos dicen y ninguno cree se convierte en realidad: “disfrutá los últimos días del bachillerato, porque después vas a extrañar el colegio”. Ni tiempo queda para ir asimilando las cosas que van pasando. Los parciales, los trabajos, los exámenes, los desvelos, las notas que antes eran buenas ahora son soñadas, las notas que antes eran malas ahora son buenas, y hasta el 1 hay que ganarse. Los semestres pasan, como pasan también los veranos, y después de varias pasantías no pagadas, es hora de buscar un trabajo.

En el primer trabajo no se sabe ni lo que se hace. Se aprende a leer entre líneas y a quejarse para encajar.  Al salario del mes le sobran días. Y muchos días faltan para tener vacaciones. Después se deja el trabajo, o el trabajo se va.  Luego surge una oportunidad tan buena que cuesta creerla, pero resulta que la imagen mental del oficio utópico que se tuvo durante la PAES, no tiene nada que ver con lo que harás desde el lunes a las 8 de la mañana. Meses después van surgiendo una y otra oportunidad laboral en aquello que soñabas hacer. Pero ¿qué hacer cuando haciendo lo que no esperabas hacer, estás mejor, más feliz y más satisfecho de lo que estarías, si estuvieras haciendo lo que quisieras hacer? Esa pregunta no es un trabalenguas, sino la pregunta existencial más difícil de responder a los veintitantos.

Esta es la historia del porqué no pude aceptar el trabajo que tanto quería. Y la respuesta es de hecho bastante simple. Si yo hubiera aceptado una oferta que económicamente  y en calidad de vida, no satisface muchas expectativas, ¿cómo podría pretender motivar a todos los jóvenes para que aprendan varios idiomas, que estudien,  que se vayan del país cueste lo que cueste, que luego regresen y que crean en El Salvador? La motivación, los valores y la ambición por una mejor sociedad no tienen precio. Pero los servicios profesionales son comprables, tienen un precio y no hay que venderlos en promoción, sino que hay que luchar por venderlos a la alza. Tiene que valer la pena. Literalmente.

Las empresas son el futuro del país, pero los únicos que podemos lograr que estas empresas se expandan en un mundo globalizado, somos nosotros los jóvenes. En la riqueza de experiencias sociales, culturales y académicas está el valor agregado que ninguna otra generación tuvo antes que nosotros. Cuando tengamos un buen trabajo, no tengamos miedo de rechazar otros trabajos. Nuestros futuros empleadores aun no lo entienden, pero en un futuro muy cercano verán el potencial positivo que tiene para sus empresas compensarnos a nosotros, con muchas mejores ofertas laborales que aún no imaginan. Apostar en los jóvenes es tener la seguridad de ganar.

  • Juan Perez

    El Salvador esta en seria desventaja en cuanto al nivel de compensación económica que se paga a los profesionales de cualquier edad. Existe ademas practicas de explotación bastante comunes a pesar de la pobre compensación salarial porque muchos empleadores atemorizan a sus empleados profesionales desde el primer dia en cuanto a que perderan su posicion si no cumplen con todo lo que se les pide. Un profesional recién graduado en EE UU no gana menos de $60,000 al año o $5,000 al mes!!!!

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