Política

9 Abr 2013
Política | Por: Ricardo Avelar

No habrá milagros aquí

¡Se acabó la superstición!

En una vieja radio de transistores suena un emotivo discurso. Con música heroica de fondo, una voz grave y amistosa promete que, en un año, cuando alcance el triunfo electoral, los ancianos vivirán al fin una vida digna Habla de las escuelas, de la economía, de los hábitos de salud de sus conciudadanos y hasta del fútbol nacional. Segundos después, promete mejorar el transporte público, que desde hace años es un desastre: “No más accidentes. Ni en el transporte, ni en nada más. Si votan por mí, ¡seremos el país del futuro!”

Un viejo un tanto cínico escuchaba, junto a su familia, el mensaje en la sala de su casa. Al notar el entusiasmo que mostraban quienes escuchaban, se levantó y antes de retirarse les dijo, en tono de sentencia: “Aquí no habrá milagros. Ni un solo milagro”.

El viejo tenía razón. Lastimosamente, vivimos en un país altamente supersticioso.

Y no lo digo por la rica tradición de mitos y leyendas que por siglos se construyó en nuestra región, lo digo por el presente en que vivimos. Al estilo del genial Alejo Carpentier, el novelista cubano y padre del realismo mágico, los eventos políticos se confunden con un surrealista relato de personajes todopoderosos, cancioncitas pegajosas y una enfermiza creencia de que todo, absolutamente todo, se resolverá milagrosamente por la voluntad de nuestros políticos.

Y sin embargo, no habrá milagros aquí. Ni uno solo.

Estamos en un año preelectoral y las promesas ya están fluyendo. Durante los próximos meses, como es previsible, escucharemos cómo el mundo se solucionará en cinco años. Escucharemos cómo la economía va a crecer, las principales estrategias para que el agro regrese a ser competitivo, las mejores en las escuelas y los impresionantes planes de seguridad. Cada quien nos dará su lista de milagros para llevarnos adelante.

Pero no habrá milagros aquí. Y reconocer que no habrá milagros es un acto de racional rebeldía.

Los ciudadanos nos hemos vuelto seres crédulos e impresionables. Nos encanta que nos hablen bonito, que nos seduzcan las promesas y nos asusten las teorías de conspiración. Nos emociona que nos prometan que con confianza plena y un pactito fiscal, se resolverán nuestras vidas.

En algún punto de ese juvenil entusiasmo, hemos olvidado una regla clave, no sólo de la economía o de la política, sino de la vida misma: todas las decisiones implican un costo. Y entre más esperemos de un sector público ineficiente, más dependemos de él y más caro nos resulta este show de promesas y varitas mágicas.

¡Se terminaron los ríos de leche y miel! Las regulaciones estatales, pintadas de buenas intenciones e indulgente protección a los individuos, nos han limitado nuestro espectro de opciones y los programas sociales han fomentado la dependencia, el clientelismo y los chantajes de los políticos a los más desprotegidos.

Y sin embargo, nos seguimos emocionando.

Estamos a un año de las elecciones presidenciales y deberíamos estar más preocupados por cuánto va a costar cada promesa. Preocupados por el origen de los fondos y por quién va a ejecutar cada uno de los atractivos planes.

Como en una novela de Carpentier, sin embargo, seguimos aplaudiendo a esos falsos líderes que, con inspiración casi divina, nos prometen trazar la ruta para salir del actual estancamiento, olvidando que somos nosotros, los individuos, quienes deberíamos ser los arquitectos de nuestro futuro. Olvidando que cada acto que delegamos a nuestros políticos es una razón más para depender de su criterio, constantemente arbitrario.

Seguimos esperando el mágico hechizo que nos vuelva, de un día para otro, un país desarrollado. Pero ya lo dijo Colley, no habrá milagros aquí.

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