Política

3 Sep 2014
Política | Por: Luis Trejo

Ni la marcha arenera ni el himno frentudo

Tanto el FMLN como Arena deben renovar sus himnos insignias y corear canciones más contextualizadas y menos conflictivas.

Han pasado más de 20 años del conflicto que sufrió la sociedad salvadoreña, en el que la exguerrilla y la fuerza armada se enfrentaron a muerte por demostrar quién tenía más poder. Sin embargo, llegó el momento en que ambos bandos reconocieron que la única vía para evitar más muertes y violencia de ese tipo era el ganar-ganar. Desde entonces, la aún naciente democracia salvadoreña ha vivido cambios, paulatinos, pero importantes.

Hemos sido testigos de cómo algunos pasos importantes en toda democracia se han visto, aunque sea por brochazos, en El Salvador. Tenemos a varios partidos políticos en la Asamblea Legislativa, en el Parlamento Centroamericano (Parlacen), en las municipalidades y en el 2009 se dio por primera vez una alternancia en el Ejecutivo. No obstante, a pesar de esos avances también hay algunas muestras por parte de los partidos políticos que no quieren avanzar otro peldaño democrático en sus interiores, al haber poca apertura a rostros nuevos dentro de la política, sobre todo a jóvenes que tienen ideas frescas, nuevas o distintas a los veteranos líderes de las instituciones políticas.

Uno de esos ejemplos de falta de renovación son los himnos, consignas o marchas que corean los militantes partidarios, sobre todo en épocas electorales. En el caso del himno del FMLN y la marcha de Arena, son dos aspectos que vislumbran atrasos en la madurez de las instituciones políticas. Por un lado, es de recordar que ambos himnos fueron apoderados por dichos partidos en un ambiente de guerra y conflicto, por lo que las prosas y versos guerrilleras predominaban en ellos.

Sin embargo, ya es hora de actualizarse. Tanto Arena como el FMLN deben renovar no solo sus líderes ni a sus candidatos y la mayoría de su bancada legislativa, también deben actualizar sus himnos emblemas que traigan otros mensajes más prósperos, contemporáneos, apegados a la realidad y, sobre todo, más empáticos, de conciliación y diálogo.

En pleno siglo XXI, la libertad ya no se escribe con sangre, ni El Salvador tampoco debe ser la tumba de nadie. Tampoco es viable decir que si no hay revolución habrá muerte, pues no solo con eso se puede llevar el país adelante. Así que ya no cabe en estos tiempos gritar a pulmón “revolución o muerte venceremos” ni mucho menos levantar las manos y gritar “Libertad se escribe con sangre” o que “El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán”.

El Salvador debe ser la nación de todos, sin importar su ideología política, religión, color, género o preferencias. Si hay una revolución, deberá entenderse esta como una vía para lograr el desarrollo económico, social y cultural del país. No debe ser una sublevación que defienda colores ni banderas políticas; tiene que ser una lucha por la justicia, las oportunidades, la defensa de derechos de todos los salvadoreños y una sociedad equitativa, solidaria y con grandes ideas que conviertan a El Salvador en un referente en la región. 

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