Política

7 Feb 2013
Política | Por: Mauricio González

México, hegemonía no asumida

Tacos, mariachis, Pedro Infante, el Chavo, burritos, tequila, Faitelson, telenovelas, sopa de tortilla, chile jalapeño o Jalisco, fiestas mexicanas, Chente Fernández, Chespirito, la Guzmán, la Virgen de Guadalupe, tortas y la lista podría extenderse varias páginas. A veces, de no ser por las pupusas, pareciera que vivimos en México. 

La influencia de la cultura mexicana en El Salvador es innegable, para comprenderla debemos separar dos acepciones del término “cultura”, palabra muy mencionada, y al mismo tiempo concebida con estrechez.

Uno de sus significados se relaciona con las bellas artes y la representa muy bien la frase “eres culto”; mientras que la otra, y la que nos interesa en este caso, se refiere a la forma particular de interacción que dentro de una sociedad establecen sus miembros. Asimismo, es un proceso abstracto que involucra componentes como valores, normas, leyes, costumbres, rituales, ideas, religión, artefactos, conducta, gastronomía, música, entre otros. La cultura es dinámica, construye, destruye, altera significados y significantes.

Entonces, a partir del anterior concepto, podríamos afirmar que dentro de la cultura salvadoreña hay quienes practican la costumbre de consumir de forma periódica tortas mexicanas, o quienes realizan un ritual antes de consumir tequila: escogen y preparan limón, disponen sal, una copa para la bebida y demás acciones de contexto; también hay quienes son fieles devotos de la Virgen de Guadalupe y, todos los años, el 12 de diciembre visten a sus hijos del indio San Diego.

Sin embargo, no somos conscientes, o no queremos asumir la marcada influencia de la cultura mexicana por un sentido alterado de patriotismo, o en el peor de los casos, lo que “posiblemente” podría definirse desde la psicología como complejo de inferioridad –en algún grado–, al no ser capaces de asumir y aceptar una hegemonía consolidada a través de la historia, generando reacciones de apatía, menosprecio y por consiguiente la negación de dicha superioridad real.

Superioridad en el terreno económico, territorial, de recursos naturales –incluido el petróleo–, educativo, tecnológico, literario, industrial, y por qué no poner el dedo en la llaga, en el terreno deportivo. ¿Cuándo ha escuchado que un profesional mexicano viene al país a realizar un posgrado?, pero seguramente tiene conocimiento de un salvadoreño que viajó a México para realizarlo.

A pesar de las grandes diferencias que nos separan, tenemos más similitudes de las que somos conscientes. Ambos pueblos venimos de la cultura del maíz, de la colonización española, de las problemáticas sociales que conlleva el subdesarrollo, de una lucha fallida contra el narcotráfico, violencia, exclusión social, pandillas, inmigración, corrupción.

Fuera de discursos patrioteros que salen a la luz en período electoral o cuando juega la selección de fútbol, debemos estar conscientes de nuestra relación con México y con el mundo, para que a partir de ello podamos trazar una nueva relación con un país latinoamericano con el que tenemos más coincidencias históricas que diferencias. Impulsar relaciones bilaterales que nos unan frente a problemáticas comunes, frente a desafíos mundiales que demandan educación, respeto a los derechos humanos, entre otros.

Es momento para reconocer la hegemonía cultural del país azteca, en un marco de igualdad moral y respeto cultural, sin menosprecios, sin burlas. Así que cuando escuche mariachis y tome tequila, recuerde la palabra “cultura”.

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