Política

22 Ene 2013
Política | Por: Bruno Infantozzi

La tormenta perfecta

Se avecina un año puramente electoral, en donde algunos estamos esperando propuestas  y planes de gobierno de los candidatos, y muchos otros ansían que éstos últimos los visiten en sus municipios para recibir dádivas, palabras bonitas de esperanza y quizás, con mucha suerte, una oportunidad laboral para esta nueva campaña. Lo cierto es que el 2013 será otro año más, con muchas palabras y pocas acciones. Es así. Vivimos un cambio de siglo, un cambio de época, más no parece una época de muchos cambios.

Cada día sorprende más la cantidad de ciudadanos de nuestro país desinteresados en asuntos políticos. Mayor es la sorpresa cuando se tratan temas partidarios. Quedamos unos cuantos todavía que intentamos a través de diversas plataformas, lanzar mensajes críticos con la esperanza de ver un cambio real, independientemente de la bandera que los apoye.

 

Este escepticismo es quizá hasta natural por cómo se manejan las cosas en nuestra folklórica política. Somos actualmente testigos de un sistema de partidos políticos al borde de una crisis profunda atribuida, pienso yo, a la inmovilidad, a la carencia de modernización y a la falta de liderazgos en los entes partidarios. Decía Charles Darwin: “el que sobrevive no es el más inteligente ni el más fuerte, sino aquel que mejor se adapta a los cambios”. Y es que la sociedad salvadoreña no es la misma que aquella que vivió la insurrección campesina del treinta y dos, ni es la misma que firmó hace veinte y un años la paz para nuestro país. El Salvador ha cambiado; no así sus políticos ni la forma en cómo se manejan los partidos.

 

Sin embargo, la desconfianza a la y lo político no sólo es por ese estancamiento; las raíces del deterioro partidario son más profundas y están ligadas a la falta de modernización de sus estatutos y estructura interna, poca transparencia, ética y rendición de cuentas, carencia sistemática de procesos democráticos y representativos internos, y por consecuencia, una ausencia latente de nuevos liderazgos que antepongan los intereses de nuestro país, por el de sus billeteras. Los canales políticos no están funcionando y hay una desconfianza generalizada por parte de la sociedad civil para utilizar los partidos políticos como mecanismos de participación.  Si a estas características les sumamos el escaso y deficiente papel del Parlamento y la falta de independencia de los poderes del Estado, sería normal y entendible el escepticismo mencionado más arriba.

 

La desconfianza en el sistema político, el debilitamiento del sistema de partidos y las múltiples dificultades institucionales que nos atormentan a diario, no son más que el presagio de una tormenta perfecta. Todos estos ingredientes mezclados, podrían generar el ambiente propicio para el surgimiento de “hombres providenciales”. Como lo hemos visto en otros países latinoamericanos (véase “El Ascenso de las izquierdas y el neo caudillismo en América Latina”),  cuando hay una ausencia de un soporte normativo estable, la sociedad civil canaliza su demanda de seguridad en la espera de “el redentor”, el líder que nos salve de todos los males. Los caudillos populistas encuentran un terreno fértil dentro de este escenario, y por lo general, logran atraer a las masas a través de discursos repetitivos, y dádivas o regalías para fidelizar a sus clientes (en este caso los propios ciudadanos).

 

Estamos a las puertas de un entorno propicio para el surgimiento de (más) líderes populistas. El escenario está “servido”, y no queda más que luchar por recuperar esa institucionalidad, y por la pronta modernización del sistema partidario actual, que pide ayuda a gritos. Todos tenemos esa responsabilidad. Las dificultades actuales imponen retos, pero también se presentan como una oportunidad de cambios verdaderos para nuestro país. Lo que sí parece claro es que la salida de este gris contexto y las respuestas a los viejos desafíos y a los nuevos riesgos sociales, sólo pueden venir de la política. He ahí la responsabilidad de los pocos jóvenes que hoy por hoy, siguen esperanzados por cambiar las cosas.

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