Política

7 Jun 2016
Política | Por: Alexandra Monge

La niña que quería ser presidente  

 

Cuando tenía dieciséis años, un pariente muy cercano a la familia me dijo que mis sueños de irme a estudiar fuera del país y viajar alrededor del mundo eran demasiado grandes, que debería de esforzarme en metas más “alcanzables” para así no decepcionar tanto a mi madre en caso de que estas no se cumplieran. Yo lo miraba en estado de shock, sin saber qué decir o cómo actuar sin cometer una imprudencia, pues nunca nadie me había dicho semejante cosa.

Estas palabras me motivaron a seguir trabajando duro en la escuela con la mente siempre en aquel objetivo que para esa persona parecía imposible y hasta absurdo.  Sin embargo, meses después, fui aprendiendo que mi vocación era otra. Mi maestra de estudios salvadoreños me había abierto los ojos a la historia y realidad del país, despertando en mí la voluntad de quedarme a estudiar aquí y poder contribuir a un cambio mejor. Fue entonces cuando mis metas cambiaron y comencé a aspirar a algo mucho más grande que solo viajar; me comprometí a convertirme en abogada y después en política.

Sin embargo, la historia se repitió cuando hablaba con mi familia acerca de aspirar a ser la primera mujer fiscal de la república, o magistrada o incluso presidenta, el mismo pariente de antes me miró y dijo, “Yo pienso que las mujeres no deberían de estar en puestos que llamen tanto la atención como esos que decís. Siempre están los trabajos de más bajo perfil a los que también podés aspirar”. Al escuchar esto, sentí la misma indignación de antes, pero mi deseo de probarle lo contrario crecía más con cada palabra que decía. Más adelante, confirmé que no era la única joven a la que le decían que no podía aspirar a grandes cargos en el gobierno cuando mi amiga Beatriz le expresó, con una enorme sonrisa, su sueño de ser presidenta a una maestra, mientras esta asentaba lento la cabeza con una sonrisa congelada y replicaba, “Eso está bien”. Pero no podía evitar verla como si le faltara un tornillo. Todas estas cosas me llevaron a plantearme las siguientes preguntas: ¿Por qué sigue siendo tan difícil aceptar a la mujer política, la mujer líder? ¿Por qué a las niñas les tratan de enseñar a superarse, pero las detienen cuando sus aspiraciones se vuelven demasiado grandes?

A través de los años, la posición de la mujer en puestos de alto liderazgo gubernamental ha sido lenta y especialmente desalentadora para las generaciones que le siguen. Recientemente en 2011, el porcentaje de mujeres en la Asamblea Legislativa era del 19% con dieciséis diputadas titulares y sesenta y ocho diputados. Cuatro años después, este porcentaje subió a 32%, constituyendo a la asamblea de veintisiete parlamentarias y cincuenta y siete diputados. No obstante, la población femenina es de aproximadamente 52.7% contra la 47.3% masculina, lo que significa que la mujer sigue estando pobremente representada, y en algunos casos por legisladoras con poca capacidad.

Estas cifras no son solo para señalar la falta de igualdad de la mujer dentro del gobierno, sino también para resaltar el poco respaldo que otorga la sociedad a la mujer para la toma de decisiones, incluso en las instituciones más elevadas. Quién sabe cuando volvamos a ver a otra mujer con la misma determinación de Prudencia Ayala, Mélida Anaya Montes e inclusive,  María Isabel Rodríguez, mujeres activistas por los derechos de las mujeres e íconos del liderazgo femenino, a quienes menciono por haber dejado una huella en el campo político y profesional y no por sus orientaciones partidarias.

La política salvadoreña necesita llenarse de mujeres capacitadas para poder dar un ejemplo de igualdad y democracia. ¿Pero cómo lograr que una niña aspire a ser líder cuando no se le motiva a formular sus metas más allá de donde la sociedad establece que una mujer debería de llegar? Durante años se ha dicho la frase “el país no está listo para una mujer presidente”. Pues jamás estará listo si se continúa teniendo una mentalidad retrógrada respecto a la capacidad de la mujer.

Como Beatriz y yo hay muchísimas mujeres que desean marcar la diferencia en el país, pero a pesar de su potencial, no todas podrán llegar hasta su meta. Probablemente las detenga un familiar que les diga que no pueden alcanzar más de lo que ven, o un jefe que las estanca en una posición por años mientras asciende a un recién llegado, o incluso por vetustos diputados que no las tomarán en serio un vez logren acercarse. Al final, todo se resume en la niña que quería ser presidente.

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