Política

22 Dic 2014
Política | Por: Ernesto Hernández Otero

La Navidad de mi infancia

Todos tenemos una ciudad, un pueblo, una colonia o un pasaje con invaluable valor en nuestras vidas, y si todos escribiéramos 600 palabras sobre ellos, llenaríamos el país con historias de vida.

Estamos en la mejor época del año, pues lo malo ya ha pasado y es hora de celebrar lo bueno con amigos y familia. Es también el momento perfecto para recordar a todos los pueblos de El Salvador que nos han dado tantos buenos recuerdos en navidades pasadas.

El pueblo de nuestro país que se lleva mis mejores recuerdos es Opico, en La Libertad. Toda mi infancia, el oír ese nombre significaba fines de semana largos con olor a quesadilla caliente de donde la Niña Lota, vacaciones en bicicleta, pupusas de donde las Serrano y cuetes que algún amigo de mi tía terminaba siempre regalándome.

Para un niño capitalino de 7 años, pasar las fiestas de fin de año en un pueblo significaba el paraíso. Toda la familia empezaba a llegar. Las cumbias comenzaban a sonar y el olor a pólvora quemada inundando el ambiente se mezclaba con el pavo que se horneaba en la cocina de aquella quinta familiar en la que mi abuelita había dejado de vivir para repartirse entre sus nietos en San Salvador, pero que siempre religiosamente adornábamos para alejarnos del colapso citadino de finales de los noventas.

La Nochebuena, los abrazos, los invitados que nadie invitaba pero que eran bien recibidos, para mí era increíble que todo un pueblo conociera a mi familia. Quizá sin darme cuenta, y así como pudo haberles pasado a muchos otros, en ese momento nacía el mayor sueño de convertirme en político en un futuro aún lejano y poder convivir con tanta gente, saber de sus vidas, y si el trabajo está bien hecho; lograr que esas personas sean más felices de lo que eran.

En algún momento de la madrugada, Santa había llevado los regalos y aun siendo malo para madrugar, el 25 de diciembre era el único día del año que mi despertador interior funcionaba. La magia de esas mañanas está fuera del entendimiento de cualquier adulto; son los sueños de un año entero hechos realidad. Sobretodo que a finales del siglo pasado, Santa Claus era más tacaño que como es ahora.

A medida que fui creciendo, Opico fue cambiando y yo también. Dejamos de ir todas las semanas, luego íbamos ocasionalmente en familia y ahora la tradición inviolable es ir al menos el día de los muertos a comer absolutamente todo lo que en la calle vendan.

Los opicanos siempre me han fascinado. No importa dónde aparezcan, siempre terminan diciéndome lo mucho que aprecian a mi amada abuelita que dedicó gran parte de su vida en las aulas de las escuelas de San Juan Opico con esos niños y jóvenes que ahora son mucho mayores que yo. Incluso, hasta en las instituciones más burocráticas del Estado como Correos de El Salvador, recientemente ante la negativa de un funcionario muy poco colaborativo, apareció otro señor quien en un instante nos resolvió la situación de la manera más ética posible; este señor había sido su estudiante en el noveno grado del extinto Plan Básico.

Aprendí a querer a Opico por la herencia histórica que mi familia heredó en mí, y el valor de ese pueblo está en los orgullosamente opicanos que hicieron de mi infancia el mejor de mis recuerdos, y la mayor de mis metas de algún día trabajar para gente como ellos.

Todos tenemos una ciudad, un pueblo, una colonia o un pasaje con invaluable valor en nuestras vidas, y si todos escribiéramos 600 palabras sobre ellos, llenaríamos el país con historias de vida, más que con noticias amarillistas de Estados fallidos. Dediquemos en este fin de año, a todos los pueblos de El Salvador.

 

 

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