Política

9 Oct 2015
Política | Por: Joshua Alfaro

La falacia del buen vivir

La pobreza no se erradica con beneficencia sino con educación, capacitación y desarrollo humano. Cuando menos personas necesiten de los programas sociales significará que auténticamente estaremos erradicando la pobreza.

No hay mañana en la que nos levantemos, encendamos la televisión o leamos el periódico y no aparezca en titulares la corrupción, homicidios, violaciones y penurias económicas que enfrentamos como país. Muchos dirigentes políticos tratan de culpar a los medios de comunicación por incentivar ese sentimiento generalizado de angustia y apatía social, pero los medios tienen el deber profesional y moral de reflejar la realidad tal cual es.

El gobierno siempre ha repetido en su discurso que la pobreza se ha reducido y que han hecho avances importantes en la lucha contra la corrupción; o que la violencia es cuestión de percepciones aun cuando los datos de entidades internacionales reflejen otra realidad. Para citar algunos ejemplos, de acuerdo al Índice de Percepción de Corrupción 2014 (IPC), que realiza cada año Transparencia Internacional, El Salvador se encuentra en la posición 80 de 175 países y obtiene un puntaje de 39 sobre 100, donde 100 es muy transparente y 0 muy corrupto.

Por otra parte, según el Índice de Paz Global 2015, El Salvador se sitúa en el puesto 123 de 162 naciones evaluadas, donde 1 es el país más pacífico y 162 el más violento del mundo, considerando que El Salvador no se encuentra en guerra como los países de Medio oriente se gana el nada honroso título de la nación más violenta de la región.

Ante tales cifras debemos preguntarnos ¿cuál es el buen vivir que pregona la propaganda del gobierno? A pesar de que en los últimos años se han recaudado más impuestos y se ha gastado más dinero que nunca en programas sociales ¿por qué el futuro parece tan sombrío para el país?

El problema básico es la creencia  de que un mayor gasto público social conlleva directamente a una reducción de la pobreza, esto ha llevado al gobierno a abusar de las arcas públicas y a hacer uso del discurso populista propio del Estado benefactor para, entre otras cosas, mantenerse en el poder.

La realidad es que los programas de subsidios y beneficencia estatales evidencian la existencia de pobres y cuando los mismos se incrementan, indudablemente es porque los pobres se han incrementado. Esto es así porque quien no es pobre no acude a los servicios gratuitos del gobierno. En consecuencia, si un gobierno presta más servicios gratuitos, es porque lejos de combatir la pobreza, la propicia, derivando en una mayor demanda de fondos para seguir financiando esos programas y esos fondos se obtienen ya sea de préstamos, aumento de impuestos o emisión de bonos, si el efecto no para, llegará un punto en que el nivel de endeudamiento sea insostenible provocando una bancarrota estatal.

A lo anterior sumemos el hecho que en El Salvador cada 30 minutos una adolescente da a luz, trayendo al mundo niños que se expondrán a las garras de la delincuencia, repitiendo un círculo de ignorancia, violencia y falta de oportunidades en nuestra ya dividida sociedad.

Nunca se erradicará la pobreza si no se atacan las raíces de la misma con una política integral de planificación familiar, donde se reduzcan las alarmantes cifras de embarazo adolescente. El reto es el cambio de mentalidad de la población y el mayor acceso a la educación, pues una mente nutrida de conocimientos permitirá que cada persona sea responsables de su propio destino y es aquí donde el Estado debe brindar herramientas para que cada individuo desarrolle sus potencialidades, promoviendo el emprendimiento y la creación de negocios donde los salvadoreños construyan su propia riqueza en libertad.

La pobreza no se erradica con beneficencia sino con educación, capacitación y desarrollo humano. Cuando menos personas necesiten de los programas sociales significará que auténticamente estaremos erradicando la pobreza.

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