Política

13 Abr 2015
Política | Por: Ernesto Hernández Otero

El inexistente, el ineficiente y el indecente

No hay duda de que estamos viviendo tiempos terribles. La gasolina está subiendo, las funerarias tienen lista de espera, en las elecciones se desperdician millones para que el 20 por ciento de diputados se renueve y aun así entra Gallegos a la Asamblea. Ni ha empezado el invierno y ya pronostican un 30 por ciento menos de agua en los ríos para esta temporada. En conclusión, apenas vamos llegando a los 100 días del año y ya no hay quien aguante al 2015.

Recuerdo que el 1 de junio del año pasado hubo un evento importantísimo. El problema es que ya no recuerdo quién ganó esas elecciones, no sé a quién le puso Funes la banda presidencial que se quitó, ni siquiera sé por qué Residencia Presidencial sigue teniendo semáforo si nadie vive ahí. Necesito que alguien me responda ¿quién se supone que es el presidente de El Salvador?

Trato de entender las razones que llevan al FMLN a esconder al presidente y a pesar de que es evidente la costumbre socialista de ocultar a los que otrora fueran líderes pero que ya no tienen la fuerza, o la vida, tal como pasó en Venezuela en el ocaso de Chávez o como sigue pasando en Cuba en el largo anochecer de los Castro. Pero la falta de liderazgo en El Salvador se agudiza cada día que pasa y no tenemos un discurso que nos despierte del letargo ciudadano que padecemos. El presidente inexistente nos obliga a agarrarnos como perros y gatos entre funcionarios y ciudadanos. Sin órdenes del presidente no puede haber orden en el gobierno.

La inexistencia del presidente permite la existencia de entes como Julio Olivo, quien representa a la perfección al funcionario ineficiente, quien abiertamente se burla con ironía de la democracia del país, cerrando incluso el acceso a los medios de comunicación al escrutinio final.  No es tolerable la presencia de personas de su tipo en nuestra histórica y sangrada democracia. Sin embargo, van más de 20 días que la ilusoria Presidencia ha apoyado a la ineficiencia.

Pero justo cuando creímos que habíamos acabado con este ridículo espectáculo, una llamada de emergencia surge desde un majestuoso lugar que ha sido testigo de grandes pasiones en sus privados aposentos. Dentro del motel es capturado el tercer ente de esta historia, siendo acusado por su presunta amante por varios cargos de agresión sexual.

El pastor Carlos Rivas, nombrado por el presidente como miembro del Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana, cayó no solo por ser acusado de los peores delitos en contra de la mujer, sino por el peso de las palabras que leyera de Proverbios 10:9 en su culto de hace tres semanas mientras predicaba sobre la integridad. “El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado”. Pero si bien es obligación que nuestro sistema judicial determine si es culpable o no de los delitos que se le acusa, basta con saber que el pastor indecente no fue íntegro en sus valores con su familia ni con su iglesia. Y en caso de ser culpable, es el único momento en el que exijo que el presidente sea inexistente, para que nuestra ley humana se aplique como debe, castigándole con una pena que valga la pena.

A fin de cuentas y aunque no parezca, ya estamos pagando por un presidente. Ahora es necesario que salga, que hable y que actúe. Aún tiene cuatro años para demostrar que no hay salvadoreño derrotista.

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