Política

28 Jul 2014
Política | Por: Ernesto Hernández Otero

Dónde jugarán los niños

“Adiós abuelita, te quiero mucho”. Esas fueron probablemente las últimas palabras que dijera David la última vez que salió de esas cuatro paredes de adobe, techo de teja y piso de tierra al que llamaba hogar. Llegó a la escuela como cada mañana, donde quizá le dieron su vaso de leche, y seguramente en el recreo jugó fútbol con sus amigos, imaginando que eran los jugadores que en ese momento estaban compitiendo por la copa del mundo. Cómo podía haberse imaginado que las tareas que ese día le dejaron y, que tal vez anotó con desánimo, jamás podría hacerlas.

David era un niño normal de 11 años, juguetón, travieso y con muchos sueños por cumplir. Pero como miles de niños en nuestro país, vulnerables a la delincuencia, de escasos recursos y con sus padres lejos, buscándole un futuro mejor que ahora ya no podrá tener, ya no lo será más, pues ese viernes fue víctima de 10 pandilleros, quienes lo secuestraron, torturaron, decapitaron, desmembraron y enterraron, por el único motivo de vivir en la zona fronteriza de la pandilla contraria.

Este capítulo no es una novela gore de algún escritor un poco trastornado, ni una metáfora basada en el título de una canción, sino la grotesca realidad de nuestro país. Como ciudadano crítico de la realidad nacional, me martiriza pensar cómo estamos conviviendo en la violencia, siendo espectadores de un circo cruel y miserable. Es inaudito que hayamos desarrollado una coraza egoísta ante lo que viven nuestros vecinos. Es aún más reprochable que aceptemos la realidad actual como normal, porque no lo es; es inhumana, inmoral, y patética.

La política no consiste en pasar el tiempo hablando sobre los casos de funcionarios que son incapaces de siquiera leer una cantidad de seis números, pero que devengan hasta 20 salarios mínimos; o del pago de casi 100 mil dólares de sueldos caídos a un diputado que perdiera el fuero y su correspondiente salario por haber sido denunciado por su esposa de violencia contra la mujer; porque estos casos deben ser tratados y cobrados en las urnas de voto y en los casos que corresponda, en las instancias legales necesarias. Por el contrario, la política consiste en manejar el poder desde la población presionando a los responsables cuando no hacen nada, como desde hace muchos años está pasando en el gobierno, donde la incapacidad para garantizarnos seguridad ha sido evidente.

Es injusto que nuestros niños no puedan vivir su inocencia como lo merecen. La ineficiencia del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública, junto a la inacción del Ministerio de Defensa, además de los vicios de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) y de la misma Fiscalía General de la República (FGR), se ha visto de manifiesto. Es por aquí donde debe comenzar la renovación del Estado si queremos ver los cambios que necesitamos para vivir en paz.

Quizá de no haber pasado lo que pasó, David habría llegado a su casa, hubiera dejado su mochila en la entrada mientras corría a saludar a su perro y luego hubiera hecho sus tareas. Puede ser que en la noche su mamá le llamara desde los Estados Unidos para decirle lo mucho que lo quería.

Todo esto no es más que muchos hubiera y ninguno de ellos puede cambiar lo que pasó, pero David no es solo  un niño; son todos los niños que han sido víctima de la violencia y a quienes debemos nuestras más grandes disculpas por haber sido solo televidentes de sus casos.

Si algo pudiera decirle sería esto: David, naciste en el país erróneo para niños como tú. Viviste en un lugar donde no pudiste vivir. David, tus políticos te fallaron; tu país te falló. Nosotros, los salvadoreños, te fallamos, pero vamos a unirnos para que nunca vuelva a pasar algo igual.

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