Opinión

15 Jun 2017
Opinión | Por: Eduardo Rosales

¡Ya basta!

Estamos viviendo y experimentando un momento excitante dentro del terreno social y político en el que la ciudadanía demanda cambios y no se contenta con las promesas propias del lenguaje vacío de la política tradicional, todavía más fatuo en los períodos electorales.

Esta es una ocasión que no podemos desperdiciar y el cambio que queremos no viene solamente reclamado desde el desencanto y la indignación; sino que, viene avalado por un largo proceso de empoderamiento de los ciudadanos que quieren decidir y asumir responsabilidades, a la vez que exigen un determinado comportamiento a los que ocupan cargos políticos. Comportamiento que tiene que ver con la honradez y el compromiso de servir a la sociedad a la que representan.

En estos años hemos visto como la brecha entre ricos y pobres se ha agrandado, como los servicios públicos fundamentales han descendido en calidad y cantidad, debido a una política neoliberal basada en los recortes y la austeridad aplicada a las clases medias y bajas de la sociedad. Y en este sentido, el ámbito de la cultura es un espejo del daño que ha sufrido el Estado de bienestar al que todos y todas aspirábamos, con la aplicación de leyes torpes y obsoletas, y una dejadez que ha motivado la desarticulación de la débil estructura cultural de este país.

El problema de nuestra democracia es que no estamos capacitados para utilizar nuestro estado de derecho y no defendemos las garantías que este ofrece. Además, algunos salvadoreños se dejan llevar por el fanatismo, y no por el raciocinio. Es hora de dejar sanar las heridas del pasado y enfocarnos al presente y al futuro. Debemos de dejar de culpar a los gobiernos o a los funcionarios, si queremos un cambio debemos ser protagonistas de ese cambio.

Se han utilizado excusas relacionadas con la crisis económica para desmantelar la cultura, pero, desde mi punto vista, el objetivo ha sido evitar que la sociedad tenga acceso al pensamiento crítico y a la reflexión sobre el lugar que quiere ocupar. La cultura es incómoda para el poder, pero para el que se basa en tener el control de súbditos pasivos y obedientes.

Este cambio, reclamado desde la ciudadanía, pretende ser liderado de la opción de los partidos tradicionales, lo cual ya se ha comprobado que no funciona; al mismo tiempo, surgen otras posibilidades que se sustentan en escuchar lo que las gentes necesitan y quieren decir, dándoles voz y protagonismo.

Una vez escuche : “La democracia es el peor de los gobiernos, ya lo decía Platón, y resulta cuento viejo. Estamos en una guerra social que necesita adoptar medidas que frenen las brechas abismales entre los sectores.”

Yo digo que prefiero una democracia y no una dictadura. De hecho, Platón dice que en el Estado deben existir tres partes: el Estado, el pueblo y la clase filosófica. Este filósofo afirmaba que la democracia, a través de la República, se fundamenta en las leyes, y es el ansia de libertad lo que conduce a nuestras democracias a la tiranía; por ello, él proponía que el gobierno lo ejerciera una clase filosófica o intelectual.

Sí bien es cierto hay brecha entre ricos y pobres, reconozco también que el partido de derecha gestó esta crisis. Pero, ¿Qué podemos hacer sí las personas no desean gestar un cambio desde sus hogares? El problema de nuestro país no es que haya más ricos o pobres, sino la precariedad laboral y el relativismo cultural que se tiene.

La ciudadanía debe formar parte de este cambio de paradigma y para ello, deben reforzarse los mecanismos de participación de abajo a arriba, así como, la transparencia en los procesos y en los objetivos a conseguir. Para ello, tanto la educación como la cultura deben ser pilares que sustenten esta renovación de un sistema político, que se muestra ya caduco, y que absorben a las personas que lo soportan para conformar una sociedad responsable en sus deberes, independiente en su hacer y exigente de sus derechos.

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