Opinión

14 Ago 2014
Opinión | Por: Jacqueline Martínez

Y a los policías, ¿quién los protege?

El director de PNC asegura que cabecillas han ordenado ataques contra delegaciones y agentes policiales.

Según estadísticas de la Policía Nacional Civil (PNC), en lo que va del año al menos 18 agentes policiales han sido asesinados por miembros de pandillas. Doce de estas bajas en la corporación han sido mientras están de licencia.

Ser policía fue, durante años, una opción para aquellos a quienes las puertas de empleos se les cerraban. Era una manera de obtener ingresos para llevar el pan diario al hogar. En los últimos años, esta profesión se ha vuelto muy vulnerable ante los altos índices de violencia que el país vive por parte de los grupos de pandillas; quienes tienen control en la mayor parte del territorio nacional. Es común escuchar en los noticiarios sobre el asesinato de algún elemento policial.

A diario vemos escenas donde madres lloran a sus hijos, esposas que pierden a un ser amado y menores que quedan en la orfandad. Lo más difícil es que por estas muertes nadie responde, siempre quedan en la impunidad. Es increíble cómo a pesar de conocer el riesgo que corren sus agentes, las autoridades no hagan nada por brindarles un poco más de seguridad a ellos y a sus familias, quienes también se vuelven presa fácil para los delincuentes.

En ocasiones los agentes optan por abandonar sus casas para evitar formar parte de las estadísticas de homicidios. Ejemplo de esto son los casos como el del Reparto Las Cañas, en Ilopango, y el de la colonia Altos de América, en San Jacinto, donde policías junto a sus familias han tenido que huir, dejando atrás sus viviendas, que con años de esfuerzo, sacrificio y trabajo habían logrado convertir en un hogar. Todo por las amenazas recibidas de parte de aquellos que se creen “los dueños de ese territorio”.

Otros como Roberto H., de 45 años, un excabo de la PNC, quien logró sobrevivir tras ser atacado a machetazos por pandilleros hace cuatro meses, ha tenido que migrar a un país hermano, solicitando en esa tierra extranjera asilo para huir del acecho de las pandillas. Él no solo dejó su hogar sino que abandonó el país que lo vio nacer, por culpa de esos grupos criminales.

El miedo y la zozobra se han vuelto parte del diario vivir de quienes desempeñan esta profesión. Salir a la calle en sus días libres o ir a una determinada colonia a visitar a algún familiar, se han vuelto poco conveniente. Hasta sus hogares son inseguros para su descanso. Parece que siempre están a la expectativa de que su vida o la de algún familiar pueda acabar en manos de algún delincuente.

Ante este tipo de hechos, las autoridades afirman que todo se debe a que desde los penales, los cabecillas han girado órdenes de atentar contra sedes policiales y por consiguiente contra sus empleados. Esto a pesar de que la tregua sigue vigente. Ni el gobierno ni las altas jefaturas de la institución policial dan alguna respuesta ante esta preocupante problemática. Parece que no se le da el valor que se merece la vida de un policía, quien además continúa siendo un ser humano como usted y yo.

Cuando un elemento policial es asesinado no basta con salir ante los medios lamentando lo sucedido, hay que comenzar a tomar cartas en el asunto. Debemos combatir y buscar erradicar estos hechos indignantes. Hay que comenzar a trabajar en pro de aquellos elementos que son transparentes y que cumplen con la misión de servir y proteger ante todo.

 

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