Opinión

8 Ago 2014
Opinión | Por: Mario Hernández Villatoro

Urge mayor atención a nuestros niños

Nando, de diez años de edad, reside en una comunidad marginal de El Salvador. Sus vecinos y allegados son personas que viven en extrema pobreza y su comunidad está sometida a las órdenes de la pandilla.

Se alimenta una vez al día, anda descalzo y viste atuendos encontrados en la calle y los que le donan personas que ya no los utilizan, estudió hasta segundo grado. Por las tardes, se dirige a la esquina donde se encuentra un semáforo, con el fin de limpiar los parabrisas de los vehículos que se detienen en esa esquina, aunque los automovilistas le digan que no lo haga. Hace caso omiso. La necesidad lo obliga, o en ciertos casos, no quiere dedicarse a una actividad que requiere mayor esfuerzo físico.

Regresa a su casa, y en el camino lo esperan dos personas, le pregunta uno de ellos si se quiere ganar diez dólares, Nando responde que sí. Le ordenan que lleve unas bolsas pequeñas que contienen sustancias que él aún no conoce. Al siguiente día en el mismo procedimiento, le preguntan si se quiere ganar quince dólares a cambio de que recoja un dinero que está dentro de un sobre a la par de un basurero ubicado a cien metros de distancia de ese lugar. No dudó en hacerlo.

Pasa el tiempo y Nando se acostumbró a dedicarse a dichas actividades, se relaciona con los jóvenes pandilleros cercanos a su vivienda y estos le enseñan a utilizar armas de fuego, comprar, vender y consumir droga, extorsionar, matar, violar, etcétera. Le gustó el dinero fácil y le agradó llevar una vida licenciosa.

Decide ingresar a la pandilla y para ello, tiene que cumplir con el ritual de iniciación. La tarea consistió en matar a una persona que consideran que tiene vínculos con la pandilla rival. Primer cadáver, y comenzaba la lista.

Nando, ahora de dieciocho años de edad, ve caminando a un adolescente, lo saluda y le ofrece diez dólares a cambio de recoger un sobre que contiene dinero encontrado a la par de un basurero cercano a su vivienda. El adolescente acepta la oferta, de lo contrario atentarán contra su vida y este se verá obligado a emigrar. Nace una nueva generación de delincuentes y continúa la cadena.

El mensaje indicado en este texto es la realidad que se vive en nuestro país, especialmente nuestros niños que se encuentran proclives a caer en las redes de las estructuras delincuenciales. Este flagelo no hay que tratarlo a corto plazo, arrancar de raíz este mal significa invertir en la niñez, educar a los niños y sobre todo, proteger a los que se encuentran en riesgo de ser reclutados por las pandillas.

Educar a todos los niños es obligación del Estado, tal como lo ordena el art. 53 de la Constitución. Lograr convenios de parte del gobierno con las municipalidades para crear programas en la que se incluya la práctica de deportes, clases de pintura, arte, idiomas, con el fin de garantizar un aprendizaje y desarrollo físico y mental de los niños, niñas y adolescentes. Claro está que los resultados no serán cortoplacistas, y ese es el problema, las autoridades de turno urgen de resultados rápidos para ganar créditos de popularidad y atribuirse una excelente gestión. Pero solo enfocándose en el desarrollo productivo de la niñez se puede minimizar el índice delincuencial, puesto que si se logran los resultados esperados, los pandilleros experimentados no tendrían a quiénes heredarles su siniestro trabajo.

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