Opinión

19 May 2015
Opinión | Por: Jaime Ayala

Una burla a Monseñor

Hoy, Monseñor Romero, El Salvador debe pedirte perdón; no como figura religiosa, sino debido al respeto histórico y humano en honor a tu valentía, esa misma que te costó la vida.

Un nombre se puede plasmar en la historia de las naciones de muchas maneras. Hechos, frases, martirios y, sin duda, las balas pueden escribir los nombres más gloriosos y también espeluznantes en la memoria de un país. El 23 de mayo de este año muchos volverán a la vida. Sus apellidos aparecerán en periódicos, noticieros y textos varios. Nombrarlos hará a unos escalofriarse, persignarse o cerrar los ojos y simplemente recordar.

Monseñor Romero fue asesinado. La ridícula intolerancia de unos pocos hizo que una bala le quitara la vida. En aquel entonces, la tierra que vio nacer a Monseñor reclamó justamente su cuerpo, ante una Iglesia Católica que prefirió dejarlo en el olvido.

Pero el espíritu de Monseñor lo retomaron también unos pocos; otro grupo de intolerantes. Aquellos que alguna vez expusieron sus vidas para conseguir la democracia en un país quebrado y que ahora buscan desesperadamente que la muerte de aquel hombre refuerce sus discursos de esperanza y cambio. Ante la enorme crisis de inseguridad, inestabilidad económica y un futuro nada prometedor, la beatificación de Monseñor Romero será, una vez más, utilizada para fines ideológicos.

La verdad es que Romero tenía un único bando: los más necesitados, aquellos que fueron históricamente explotados por un bando económicamente poderoso que era muy amigo del poder militar. Esto fue aprovechado por una izquierda subversiva que se erigía como el caballero defensor de los derechos humanos y la inclusión social. Lo cierto es que 35 años después de la muerte de aquel arzobispo, las condiciones del último grupo de la pirámide social no han cambiado significativamente. El resentimiento ideológico se vive cada día y la capacidad de los funcionarios es puesta en tela de juicio cada vez más, por no decir la del mismo presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, excomandante general de la guerrilla.

El 23 de mayo será una pantomima. Los de las camisetas rojas volverán a reclamar un héroe que no les pertenece, al ritmo de tambores y pólvora. En lugares más recónditos muchos seguirán alzando un puño con una melodía que sepulta a los anteriores. Monseñor Romero es una excusa, una que intenta poner a un país en un mapa mundial que apenas le concede espacio. Es una total vergüenza que la memoria de este enorme hombre se continúe deshonrando.

Mientras que en Roma se escuchará el nombre de esta bella pero empobrecida nación, los actuales dirigentes políticos continuarán perpetuando el incómodo discurso ideológico. Seguirán reclamando a un personaje que la misma iglesia, complaciendo a su sector más conservador, trató de olvidar. Y la vida salvadoreña no cambiará. La temporada de lluvias llegará y arrebatará hogares a quienes año con año buscan la manera de proteger sus viviendas, a esos mismos que Romero alguna vez protegió.

El 23 de mayo, más que honrar la memoria de un hombre con un acto y un título, es necesario reconocer cuestiones muy incómodas. La sociedad salvadoreña ha fracaso en su intento de generar justicia social y desarrollo tras el fin del conflicto armado. En cada noche de plenaria legislativa, pareciera que el único acuerdo entre el FMLN y ARENA fue abandonar la lucha armada, mas no así el anhelo de destruir a un acérrimo rival que aún se gesta en las mentes de muchos hijos de aquellos que comenzaron la guerra hace ya más de tres décadas.

Hoy, Monseñor Romero, El Salvador debe pedirte perdón; no como figura religiosa, sino debido al respeto histórico y humano en honor a tu valentía, esa misma que te costó la vida. Perdón por aquellos que permanecen impunes por tu asesinato, por quienes jamás entendieron tu mensaje de reconciliación y aquellos que te alabarán a pesar de aún desear tu olvido. Perdón, Monseñor Romero, por ser la excusa de un partido político ahogado en su mala administración gubernamental. Perdón, Monseñor, El Salvador no está a la altura.

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