Opinión

19 Jul 2013
Opinión | Por: Oswaldo Serrano

Un sueño a lo largo de la historia

En El Salvador, todas las generaciones han tenido un anhelo en común: alcanzar la paz. Todos sabemos cuál es el origen de nuestro país, somos el resultado de una lucha entre indígenas y españoles que arrebató la relativa paz en la que vivían los pueblos nahuas. Al lograr su objetivo, conquistar el territorio, se vivió un periodo de aparente estabilidad bajo la sumisión de todo un pueblo. 

Desde 1808, nuevamente aires turbulentos se dejaron sentir en nuestro país, la zozobra se apoderó de la población cuando comenzaron las primeras manifestaciones de lucha en busca de la independencia, El Salvador era de nuevo el escenario de una batalla. Los que más sufrían eran los civiles quienes una vez más anhelaban tener paz. Fue hasta el 15 de septiembre de 1821 que se concretizo la independencia que se reestableció la calma.

En 1932, la historia se tornaba nuevamente gris, siendo la sociedad los que una vez más apelaban al establecimiento de la paz. En este año, se realizó una Insurrección Campesina, se liberó una pelea entre los trabajadores del campo y la población indígena, y miles de estos murieron luego de un periodo de persecución al estilo de la Santa Inquisición.

Treinta y siete años después, en 1969, una vez más “la paz” se vio interrumpida. Esta vez,  un conflicto internacional tomaba fuerza a raíz de un partido de futbol: fuimos protagonistas de “La Guerra de las 100 horas”.

Años más tarde, comenzó la guerra civil en El Salvador; fueron más de 10 años en los que el pueblo sufrió y pidió por la paz. Los ruegos hicieron que incluso Juan Pablo II, Papa de la época, visitara nuestro país y nos hiciera un llamado a ser artesanos de la paz, hecho que quedo marcado en la historia. En 1992, se logró materializar este sueño con la firma de los Acuerdos de Paz que puso fin a uno de los episodios más triste de El Salvador.

En pleno 2013, como los indígenas en la época de la conquista, la sociedad en la época de la independencia, los campesinos en el año 1932, los pobladores fronterizos entre El Salvador y Honduras en 1969, nuestros padres en el periodo de 1980 a 1992, reclamamos la paz y no es la excepción.

Esta vez no somos víctimas de una guerra o conflicto armado como en épocas anteriores, ahora vivimos en un periodo en el que la paz es un mito por el flagelo de la delincuencia. Esta plaga hace que como individuos sintamos miedo de salir a la calle por el temor de ser asaltados o en su defecto, ser un número más en la larga lista de asesinados por la violencia que nos rodea.

Como jóvenes, nos toca a nosotros, más que soñar con la paz, tomar acción para hacer ese sueño palpable. No solo bajar la cabeza y pedir un milagro. Debemos exigir soluciones que de verdad contribuyan al restablecimiento del orden.  Más que seguir con la esperanza a lo largo de los siglos de los siglos, amén, debemos retomar las palabras de Juan Pablo II: ser artesanos implica forjar los ideales por medio de la acción. Seamos verdaderos artesanos de la paz.

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