Opinión

15 May 2015
Opinión | Por: Mario Hernández Villatoro

Un saludo a Monseñor Romero

Que su beatificación signifique la penetración de su mensaje, dar paso a la abnegación en beneficio de nuestro prójimo, de ese hermano que necesita un pequeño empujón para caminar, un consejo para accionar y un par de insumos para continuar con la cadena de transformar vidas.

No lo viví, me lo contaron. Me comentaron que nació el 15 de agosto de 1917, en el actualmente problemático y asediado municipio de Ciudad Barrios, en el departamento de San Miguel. Descendiente de una familia humilde, era el segundo de ocho hermanos. A los 13 años expuso su deseo de ser sacerdote, iniciando sus estudios un año después en el Seminario Menor en San Miguel.

En 1937 ingresa al Seminario Mayor en San Salvador. En ese mismo año viaja a Roma para continuar con sus estudios de teología y fue ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942 por el Papa Pío XII. Trabajó por primera vez en la parroquia de Anamorós, departamento de La Unión, donde estuvo poco tiempo. Posteriormente realizó labor pastoral en San Miguel durante dos décadas.

El 3 de febrero de 1977 es nombrado arzobispo de San Salvador. Cuando estalló el conflicto armado, se dedicó a defender a los pobres, campesinos y a denunciar las atrocidades cometidas en la guerra. Fue acusado de ser precursor de la violencia que existía en ese momento y lo amenazaron de muerte en varias ocasiones. Esas amenazas se materializaron el 24 de marzo de 1980 cuando fue brutalmente asesinado durante la celebración de una misa.

Así terminó la vida física de Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, pero su memoria se mantiene viva en muchos rincones del mundo. En 1994 se comienza con la titánica tarea de beatificar a Monseñor Romero, labor encomendada a Vicenzo Paglia, por haber sido nombrado postulador de su causa. Tratando de probar que Romero fue martirizado por odio a la fe, Paglia sobrevivió en un camino escabroso e interminable, pero manteniendo firme su convicción de lograr que Romero fuese beatificado. Diecinueve años después de la postulación de Paglia en la causa de Monseñor Romero, estamos a las puertas de la beatificación del primer salvadoreño. El más querido y famoso del mundo. Su nombre y fotografía se encuentran en las calles, fundaciones, organizaciones, salones presidenciales, en el aeropuerto y en miles de viviendas.

El próximo 23 de mayo no solo será un acto solemne, sino un motivo de alegría para todo un pueblo, para esas personas que abarrotarán los alrededores del monumento al Divino Salvador del Mundo y los millones que seguirán el evento a través de las diferentes plataformas informáticas. Que este magno acontecimiento sea para unir a un país en su lucha por detener la ola delincuencial sufrida en el diario vivir, una violencia producto precisamente del abismo de la desigualdad social que Monseñor Romero tanto denunciaba, hasta que lo callaron. Pero como él lo previó, su voz resonó en el pueblo.

Definitivamente, la beatificación causa algarabía, sin embargo, se mantiene vigente la deuda de la injusticia, desigualdad y la pobreza imperante. A Monseñor Romero no solo hay que guardarle respeto y admiración por lo que luchó en vida, también hay que adoptar como propio su legado de ayudar a los pobres y desprotegidos. Que su beatificación signifique la penetración de su mensaje, el despojo del egoísmo del “yo” y “solo yo”, y dar paso a la abnegación en beneficio de nuestro prójimo, de ese hermano que necesita un pequeño empujón para caminar, un consejo para accionar y un par de insumos para continuar con la cadena de transformar vidas.

No lo viví, pero la historia cuenta que la tarea que dejó Monseñor Romero es enorme y que la beatificación debe ir acompañada de un mensaje emotivo, para seguir defendiendo sus causas y no darse por vencido ante los obstáculos que se atraviesen. El 23 de mayo será una fiesta grande, una multitud estará presente sin importarles el sol, el calor y la incomodidad. Eso no me lo contarán, espero vivirlo.

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