Opinión

3 May 2017
Opinión | Por: Sara Larín

Un político más

Aldous Huxley, autor del clásico Brave New World, alguna vez dijo que “cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje”.  De tal modo que, un político siniestro es todo aquel que se adiestra en la hipocresía de la corrección política con el propósito de manipular la verdad, para tener a todo el mundo feliz.

En la misma línea, un político siniestro es un político más que actúa pensando en las próximas elecciones, y no en las próximas generaciones.  El corriente y común candidato que miente a partir del eslogan de su campaña electoral y posteriormente termina siendo más de lo mismo.

Un político más suele manejar un doble discurso, ofreciendo declaraciones ambiguas y realizando acciones ambivalentes, que no permiten a la ciudadanía discernir sobre lo que realmente defiende.  Así mismo, un político más es aquel que durante su campaña electoral asume el compromiso de apegarse a un conjunto de principios no negociables y luego en el poder coquetea con las posturas contrarias para jugar con la posibilidad de obtener otro segmento que aumente su popularidad.

Un político más se cree dueño de la verdad iluminada y sacrifica el bien mayor en la búsqueda de perfilarse como el disidente elegido para llevar acabo el cambio mesiánico, ese que supuestamente el pueblo necesita. Es un narcisista incapaz de aceptar que su comportamiento ha sido incongruente y en vez de rectificar, termina por traicionar no sólo a su base de votantes o a su mismo equipo, sino también a su propia palabra y a su propia fe.

Los ciudadanos no podemos continuar colocando en el poder a líderes fácilmente corruptibles, que intentan servirse de la política aprovechándose de su posición.  Es nuestro deber auditar todas las acciones de nuestros políticos cuando ejercen el cargo para los que han sido electos, comprometerlos y obligarlos a cumplir con lo que han prometido.

Ya es tiempo para que la sociedad salvadoreña abandone la indiferencia ante las constantes muestras de irrespeto por parte de nuestros políticos, no es posible que continuemos tolerando pasivamente los escándalos de corrupción o que nuestros diputados cambien de postura ante temas cruciales de país, según les sea conveniente. Todos tenemos la responsabilidad de pasar factura a la incongruencia de los funcionarios públicos que únicamente velan por sus intereses de grupo y no por el bien común.

Tenemos que dejar de reclamar con burlas frente al televisor mientras vemos las noticias. La única manera de hacernos respetar y de construir un próspero futuro para nuestro país, es teniendo verdadera participación ciudadana, es haciendo valer nuestro voto en las urnas, exigiendo rendición de cuentas, no sólo financieras, sino también coherencia ética entre lo que se dice y lo que se hace. Hagamos uso de todos los mecanismos democráticos que están a nuestro alcance para lograr mayor transparencia y empoderar más a la ciudadanía.  En nosotros recae la responsabilidad de tener políticos más decentes.

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