Opinión

24 Jun 2016
Opinión | Por: Mario Hernández Villatoro

Solidaridad

Me ahorraré una columna de críticas y falencias del sistema político, jurídico, económico o de otra índole. Al menos solo en este artículo. Mejor hablaré de un tema poco comentado.

Ya lo dijo Aristóteles que el ser humano es un animal político por naturaleza. No podemos vivir aislados, tenemos que relacionarnos con las demás personas para subsistir y conllevar nuestro quehacer cotidiano, y relucir el profundo don de la solidaridad cuando un allegado lo necesita. El término solidaridad proviene del latín soliditas, que se refiere a la realidad homogénea de algo físicamente entero, unido, compacto, cuyas partes integrantes son de igual naturaleza. Es una palabra con significado positivo que expresa un interés profundo hacia el prójimo. Para que la sociedad funcione se necesita del componente básico de la solidaridad como un principio de la filosofía social.

El Papa Juan Pablo II dijo que la solidaridad no es un sentimiento superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos para que seamos realmente responsables de todos.

La solidaridad se manifiesta demostrando amor al prójimo, poniendo en práctica el valor de compartir, brindando ayuda desinteresada a quienes la necesitan, deseando lo mejor y luchando por mejorar la calidad de vida de las personas.

Pero en el diario vivir, ¿qué sucede cuando la sociedad y nuestro prójimo pasan por un mal momento? Unos los ignoramos, otros esperan un milagrito del Gobierno para que sus medidas temporales cambien la calidad de vida, y pocos se ponen el uniforme y comienzan a trabajar por mejorar el entorno. ¿A qué se debe? Simple: zona de confort.

En un mundo rebalsado de corrupción, pobreza, fútil intolerancia y exacerbada criminalidad, nos acostumbramos a limitarnos a ser espectadores y mantenernos con la esperanza de que algún día mejore la situación; esto en lugar de generar un cambio positivo, damos oportunidad para que los cánceres sociales se propaguen hasta tocar sensibles estratos de la población. Es ahí cuando la solidaridad se vuelve un valor intransitable y de difícil práctica, nos sentimos resignados a que el status quo es tal y se torna utópico tener una sociedad mejor, algo exclusivo de la ciencia ficción.

Si el problema mayor es la criminalidad, una raíz de este mal es la carente educación en las personas que practican aquel antivalor, aunado a que su visión es crear una red de criminalidad a largo plazo, decidiendo adoptar a herederos para que comiencen a entrenarse en esta subcultura. El resto se mantiene en su resignado entorno y eso le da paso libre al logro de objetivos delincuenciales, mientras que unos cuantos optan por cambiar la sociedad sin tener éxito tangible por su inoperancia de que una sola persona pueda mover montañas, aunque con pequeñas acciones empiece. Vuelvo al segundo párrafo: necesitamos de todos y entre más nos pongamos las herramientas al hombro, lograremos grandes cambios económicos, sociales y culturales.

Es común encontrarnos en la calle a Juanito, Migue, Brittany y Yandel que necesitan una moneda para subsistir ese día y que son los frágiles clientes y futuros líderes de la delincuencia organizada. En lugar de brindarles educación y formarlos para servir a la sociedad, los reclutan para destruirla. Una focalización bien estudiada.

Ante ello es imperativo que los buenos –que somos más-, tomemos partido y apoyemos las causas justas, luchemos contra esos males y aportemos nuestro grano de arena para construir una sociedad mejor. Para construir caminos de esperanza.

Gracias a los jóvenes de Rotaract, Interact y a todas las personas que hicieron posible que el Día de la Solidaridad fuese un éxito y con ello se recaudaron insumos para que la Fundación Stap y los que deseen involucrarse, continuemos ejecutando los proyectos educativos en beneficio de la niñez y adolescencia.

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