Opinión

5 Oct 2015
Opinión | Por: Ricardo Hernández

Sobre los “Alfredo Prieto” que tenemos en El Salvador

Mientras no ataquemos el problema de raíz, seguiremos engendrando a miles de salvadoreños como Alfredo Prieto, asesinos y violadores a sangre fría.

Alfredo, salvadoreño de nacimiento, emigró a Estados Unidos en los ochenta. En el año 2010 se le condenó por tres asesinatos entre 1988 y 1992. Alfredo asesinó a Yvett Woodruff, Rachael Raver y Warren Fulton. A este último lo asesinó con un disparo en la nuca. A Yvett y Rachael, antes de asesinarlas, las violó. Prieto también era sospechoso de otros seis asesinatos, entre ellos el de Tina Jefferson y Manuel Sermeño. El Estado de Virginia pidió a California su extradición para poder ejecutarlo. Alfredo Rolando Prieto murió con una inyección letal la semana pasada en el Centro Correccional de Greensville.

La defensa de Prieto y Amnistía Internacional alegaron discapacidad mental como un argumento para detener dicha condena. “El contacto de Prieto con la violencia durante la guerra en El Salvador y la falta de una nutrición adecuada por la pobreza de su familia contribuyeron a una gran disfunción cerebral que afectó su capacidad para el pensamiento abstracto y para controlar sus impulsos”, dijo en 2007 durante su juicio Ricardo Weinstein, un psicólogo que evaluó al preso bajo solicitud de la defensa.

Pero no es Prieto el único salvadoreño condenado a muerte en Estados Unidos. Existen otros siete: Enrique Ramírez Umaña, Irving Ramírez, Julián Beltrán, Alexander Sorto, Gilmar Hernández, Héctor Medina Romero y  Manuel Ortiz. Todos salvadoreños de nacimiento que emigraron durante los años ochenta.

Luego de leer esto, me detengo y pienso: esto es lo que tenemos como país. Todos somos el resultado de muchos procesos, y lo que vivieron estos compatriotas fue solo el resultado de un medio desbordado por la violencia, muerte y nulas oportunidades para desarrollarse adecuadamente que los inundó durante el conflicto armado, y que prácticamente es el mismo que vivimos hoy. Mi punto es: si somos el resultado de todas estas circunstancias, de la falta de una buena educación, de valores espirituales, de oportunidades para desarrollarnos como ciudadanos, con pocas oportunidades de empleos dignos, ¿será que esto es solo una muestra de lo que vivimos como sociedad? No voy lejos. Tenemos cientos de “Alfredo Prieto” en El Salvador. Un país con 7 millones de habitantes con un promedio de 24 asesinatos diarios, donde el 95 por ciento de ellos quedan impunes.

En otras palabras, en muchas zonas del país mantenemos un perfecto caldo de cultivo para formar más criminales; y mientras no ataquemos el problema de raíz y frontalmente, mientras millones de niños sigan creciendo en comunidades controladas por criminales, sin una educación y alimentación adecuada, sin oportunidades de crecimiento y trabajo, sin una familia funcional, seguiremos engendrando a miles de salvadoreños como Alfredo Prieto, asesinos y violadores a sangre fría. Claro, Alfredo Rolando Prieto acaba de ser ejecutado, y podrán ejecutar a docenas de compatriotas más, pero detrás vienen miles como él que buscarán emigrar “al norte” o quedarse en el país, y ahí seremos nosotros las víctimas de nuestra propia indiferencia y exclusión.

Reconozco los esfuerzos realizados por el CONNA y el INJUVE, pero no existe la voluntad ni la capacidad suficiente del gobierno, de los ministerios y otras dependencias del Estado (como ANDA, que no garantiza un servicio eficaz, ni el MINED, que se preocupa más por que los niños tenga una computadora y no escuelas seguras, con recursos adecuados para una enseñanza de calidad), de la sociedad civil, y de las mismas familias, para visualizar al niño y al adolescente como el tesoro más importante que tenemos como país.

Es necesario otorgarles a nuestros niños y jóvenes las condiciones necesarias para que no terminen como Alfredo Prieto, para que crezcan en un ambiente libre de violencia, con oportunidades de desarrollo y con buena salud y formación. Aunque el gobierno no muestre resultados favorables en tal sentido, (y de hecho, hasta mienta en sus informes ante la ONU), yo hago todo lo posible por hacerlo desde mi profesión de educador. No me queda de otra. ¿Y usted, amigo lector, hace la suya?

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