Opinión

25 Jul 2013
Opinión | Por: Mario Magaña Duarte

¿Qué se hicieron los grandes servidores públicos?

En un país donde día tras día escuchamos lamentables historias de quienes deberían servirle al pueblo pero en lugar se lucran de él, donde abundan abusos de poder, actitudes prepotentes y corrupción, es válido preguntar ¿qué pasó con los grandes servidores públicos?  En algún momento abundaron pero parece que poco a poco esta raza de personas honestas, y trabajadoras que ponían su talento al servicio de la nación se ha ido extinguiendo.

Alguien que ejemplifica el servidor público innovador y honrado que desearíamos tener es Walter Béneke. Entre varios puestos que Béneke ocupó resalta su gestión al frente del Ministerio de Educación a finales los 60s y principios de los 70s. Sus logros al mando de esa institución incluyen el mejoramiento de programas de formación docente, la creación de la Televisión Cultural Educativa y el impulso de la educación en el área rural. Una decisión clave de Béneke fue rodearse de personas talentosas que compartieran su probidad y amor por el trabajo. De esta forma logró reclutar a Roberto Murray y Carlos De Sola, brillantes jóvenes (en esa época) quienes se destacaron en su servicio por la educación y la cultura, respectivamente.

Roberto Poma fue un servidor público cuya prometedora carrera fue interrumpida por la violencia de la guerra. Poma, a pesar de tener oportunidades laborales en su grupo empresarial familiar, siguió su vocación de servicio público y, a pesar de su corta edad, llegó a ocupar importantes puestos gubernamentales, entre ellos la presidencia del Instituto Nacional de Turismo. Desde ahí se destacó por su incansable trabajo por lograr que El Salvador fuera sede del certamen Miss Universo y por su empuje para que se construyera el aeropuerto internacional fuera de San Salvador.

Esta filosofía de servicio se extendía, en ocasiones, hasta los más altos niveles. Teníamos presidentes de la República que al terminar su mandato vivían de acuerdo a lo que había sido su salario, sin fortunas inesperadas, nuevas mansiones o flotas de carros, reflejo de su probidad y amor a la patria. Es triste pensar que la presidencia pasó de personas sencillas como Julio Adalberto Rivera quien a menudo se movilizaba en moto y sin escolta a Mauricio Funes cuya numerosa caravana de autos lujosos se le ve constantemente manejando en contrasentido.

¿Por qué se extinguieron aquellas personas que trabajaban por amor a la patria y sin ánimo de lucrarse de más? ¿Por qué ya no hay interés de los jóvenes que vienen preparados de las mejores universidades por trabajar en el gobierno? Tal vez el gobierno está tan desprestigiado que los jóvenes prefieren alejarse de algo que desde temprana edad pueda afectar su reputación. También puede ser que este tipo de personas ahora orientan su energía y talento de forma distinta y trabajan por el país generando puestos de trabajo como empresarios o apoyando alguna causa desde ONGs o gremiales.

A pesar que ahora los servidores públicos honestos y trabajadores son escasos y en rápido decline hay algunos ejemplos recientes que nos demuestran que todavía hay esperanza. En particular me refiero a Eduardo Zablah Touché y Guillermo Ávila Qüehl, personas íntegras que desde sus respectivos rubros (el primero del equipo  técnico del ejecutivo y el segundo como diputado) hicieron mucho por mejorar la calidad de vida de los salvadoreños. La pregunta es ¿cómo hacemos para que se multipliquen?

Tenemos que encontrar el molde en que se hacía a estos servidores públicos y ponerlo a trabajar nuevamente. Son héroes nacionales como ellos los que marcarán la pauta para salir de la crisis económica, política y moral en la que nos encontramos. Ojalá que reaparezcan pronto.

 

*Dedico esta columna a mi abuelo, el Dr. Álvaro Magaña Borja, destacado abogado y economista quien dedicó su vida profesional a servirle a El Salvador. 

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