Opinión

6 Nov 2014
Opinión | Por: Gumercindo Ventura

Publicidad electorera

En ocasiones ocurre que un producto o marca que es muy bueno pierde participación de mercado porque un competidor menos competente le “gana el mandado”. La publicidad de las marcas puede ser determinante en el éxito o fracaso de una marca. Ya sea por medio de publicidad en medios masivos o de boca a boca, un producto o marca necesita estar presente en la mente de los consumidores. El “mercado electoral” no es la excepción.

En el mejor de los mundos, todos los votantes nos informáramos constantemente sobre la labor de quienes dicen representarnos. Por lo general, informarse no es muy rentable. Muchas familias salvadoreñas están demasiado preocupadas por poner pan sobre la mesa de sus familias como para darse el “lujo” de estar al tanto de la política nacional. Informarse tiene un precio.

Es acá donde entra la publicidad. El votante difícilmente poseerá mucha información sobre los partidos políticos y quienes los conforman, y puede tender a guiarse más por la publicidad. En algún momento el FMLN se dio cuenta de esto y fue muy astuto usándolo a su favor para llegar al poder. Recordemos que el interés intrínseco del político no es el altruismo, es obtener y retener el poder. Pensar diferente raya en la ingenuidad.

En las elecciones presidenciales de 2004, el contrincante efemelenista de Tony Saca fue Schafik Hándal (QEPD), uno de los miembros más simbólicos de la historia del FMLN y de los más comprometidos con su agenda política. Con todas las virtudes y defectos que pudo haber tenido Hándal, lo seguro es que era percibido como alguien radical. Algunos lo habrían considerado alguien “rojo de hueso duro”. No es que esta percepción haya sido lo único que contribuyó a que Handal perdiera esas elecciones, pero la imagen que tenía frente al público le debe haber pasado la factura.

Con la victoria de Tony Saca, el FMLN se dio cuenta de que para ganar elecciones no hay que ser competente sino popular y escogieron a Mauricio Funes como su candidato para las elecciones de 2009. Desde esas elecciones, el FMLN ha mostrado una cara distinta, pero esto no significa que haya cambiado internamente. El verticalismo, la disciplina y la intolerancia a diferencias internas que los ha caracterizado, siguen presentes.

Esta nueva cara vendía un FMLN más “fresco”. En las campañas ya no se manejaba el discurso de odio y confrontación de antes. En vez de escuchar “oligarcas”, “opresión” y “lucha de clases”, escuchábamos “inclusión”, “oportunidades” y “esperanza”. Era un vocabulario más atractivo para el electorado, vendía bien. Los slogans y el discurso bonito eran más importantes que un plan de trabajo quinquenal definido.

Arena se durmió en los laureles y no ha logrado ordenarse para “remontar” el marcador. A esto sumémosle que el FMLN ha sido muy audaz tanto exponiendo casos de corrupción de administraciones anteriores de manera selectiva como utilizando el grupo ALBA de caballo de batalla para hacerle publicidad al partido oficial. Ahora el reto de Arena es si enfrentará al FMLN con discursos bonitos, como muy bien le funciona al partido oficial, o si se irá por el camino más difícil pero correcto: proponiendo políticas públicas viables y empoderando a candidatos competentes, íntegros y con las credenciales necesarias.

¿Quién tiene la culpa? Claro que los partidos son quienes incurren en este tipo de “estrategias”, pero nosotros, como consumidores, también cargamos con parte de la culpa. Dicen que la oferta nace a partir de la demanda. Si como electorado, de izquierda o derecha, no comenzamos a exigir mejor calidad de políticos y de políticas públicas, seguiremos dando vueltas en el lodo del mismo charco.

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