Opinión

26 May 2017
Opinión | Por: Mario Matheu

#PrayForElSalvador

El mundo está convulsionado en muchos sentidos y los conflictos están a la vuelta de la esquina. Miles de lágrimas se han derramado por las crisis en el mundo, como la devastadora guerra civil de Siria, que ha dejado a cientos de ciudadanos sin familia, sin techo, sin tierra.

El diario El País, de España, hizo una macro cuantificación del conflicto, donde se especifica que han perdido la vida cerca de medio millón de personas y otro millón y medio han terminado heridas. Al menos el 50% de la infraestructura se encuentra destruida y se calcula más de cinco millones de refugiados en el mundo, y contando.

El planeta se compadece a tal punto que se generan tendencias en redes sociales, capaces de movilizar a las grandes masas, ajenas e inertes en sus viviendas, ermitaños del mundo, pero con sus Smartphones en mano.

Movimientos como #PrayForSiria y #PrayForParis tomaron un significado de conciencia internacional, una idea que buscaba decirle al mundo: “No más muerte, no menos vidas”; sin embargo, el mensaje se fue trastornando y ahora son grandes las multitudes que se unen a la causa, pero lo hacen como una tendencia, moda o por el absurdo sentido de pertenencia, ese que anhelan la mayoría de Millennials en la actualidad.

Todos notamos la pérdida del significado cuando la bandera de Francia terminó en cientos de perfiles, pero las fotografías detrás de tan simbólico gesto eran contraproducentes con la finalidad del mensaje, que era expresar dolor y pena por las vidas que se pierden en los atentados mundiales. Ante esto, muchos salvadoreños nos despertamos con una simple y triste pregunta: ¿Para cuándo un #PrayForElSalvador?

La verdad se vuelve evidente cuando observamos un poco nuestra realidad. Muchos de nosotros, como ciudadanos, vivimos más tiempo en el mundo exterior, a pesar que nuestra carne se mantiene latiendo en el país que se desangra por la violencia y la corrupción del sistema.

Hemos creado, de forma inconsciente, una preferencia por lo de afuera y una apatía por lo de adentro frente a esos diez homicidios diarios en todos los rincones del país; por esa deuda de 60 centavos de cada dólar que se produce; por el casi cuarto de millón de personas desempleadas; por los 2 millones que compran el pan de cada día con menos de $2 dólares; por aquellos 2 millones de hermanos lejanos cada vez más cercanos; y así, por todas aquellas penas que sufre El Pulgarcito y de estas letras.

Está bien compadecerse y simpatizarse por lo que pasa en el mundo, pero sin olvidar las heridas de nuestra tierra. Porque es imposible considerar un futuro mejor para El Salvador, si su gente desconoce los problemas que le aquejan; eso sería como intentar curar a un cuerpo enfermo de todas las dolencias posibles. Aparte de ser ilógico, es costoso, además de, peligroso. Tal vez, podamos comenzar con un #PrayForElSalvador porque algunos problemas, a estas alturas, necesitan fe para ser resueltos.

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