Opinión

22 Sep 2017
Opinión | Por: Mario Hernández Villatoro

Nuevos desafíos

“Dejemos a un lado el rol pasivo, asumamos la tarea y trabajemos incansablemente por marcar otra época en nuestra línea divisoria”.

La historia política de El Salvador ha estado marcada por épocas convulsas y determinantes. En la línea de tiempo desde su independencia, han desfilado constituciones que teóricamente garantizaban derechos políticos a pesar de que los presidentes ejercían acciones de corte autoritario. Eso originó que una clase revolucionaria luchara por lograr efectivizar la democracia y acabar con la dictadura militar, llevándose en esa transición el estallido del conflicto bélico entre el ejército y la guerrilla. Doce años después, tras una serie de negociaciones, se acordó ponerle fin al conflicto armado.

Los Acuerdos de Paz de 1992 tienen que servir para aplaudir lo que se logró y reflexionar sobre lo que no se ha obtenido: una verdadera y esencial paz. A 25 años de finalizado el conflicto declarado, seguimos inmersos en una sociedad violenta en todos los ámbitos, desde la manifestación de violencia implosiva, donde impera la intolerancia de aceptar los distintos pensamientos, la arrogancia de creer que se tiene la verdad absoluta, las pequeñas prácticas autoritarias de poder, la ambición desmedida de querer ganar a toda costa y las acciones de corrupción, hasta la manifestación de violencia extrema ejercida por personas que no han podido gozar de los derechos básicos. El problema más grande, es que la mayoría nos acostumbramos a ser espectadores y mantenernos con la esperanza pasiva de que algún día mejore la situación. Esto en lugar de generar anticuerpos, se abre la oportunidad para que los cánceres sociales se propaguen, nos resignamos a que el status quo es tal y se vuelve utópico erradicar estos flagelos, algo exclusivo de la ciencia ficción.

Se está tornando obsoleto ejemplificar los Acuerdos de Paz como lo más cercano que tenemos a la solución de intereses contrapuestos. La generación postguerra solo se ha quedado sentada aprendiendo de la historia, sin hacer algo para cambiarla y sin retos que construyan nuevos caminos. Es plausible el mérito logrado por los actores de aquella época, pero ahora es tiempo de marcar otra época y darle un giro a la historia.

Dejemos el papel pasivo y comencemos estos retos ahora. Preocupémonos por los acontecimientos de la vida política, comprometámonos con nuestro país, involucrémonos en el quehacer social y educativo, seamos proactivos, usemos nuestra energía para actividades productivas, demos el máximo empeño en todo lo que realicemos, hagamos un esfuerzo extra, materialicemos novedosos proyectos. Participemos en campañas de difusión sobre tópicos de interés colectivo, seamos vigilantes en la actuación de las instituciones públicas, creemos actividades que generen prácticas democráticas en las escuelas, colegios, universidades, en el trabajo, en nuestro vecindario y forjemos nuestro propósito de vida en desarrollar este país.

Los jóvenes estamos llamados a ser protagonistas, a demostrar que respetamos las distintas opiniones, que somos capaces de construir acuerdos y que podemos heredar a nuestros descendientes una sociedad educada, incluyente y desarrollada.

El problema es evidente pero la solución está puesta sobre la mesa. Dejemos a un lado el rol pasivo, asumamos la tarea y trabajemos incansablemente por marcar otra época en nuestra línea divisoria.

Kofi Annan: “Nadie nace buen ciudadano; ninguna nación nace democrática. Ambos son procesos que continúan su evolución de por vida. Los jóvenes deben ser incluidos desde que nacen”. Evidente y afortunadamente, somos jóvenes rebeldes, pluralistas de pensamiento y de intereses, necesitamos unir esas fuerzas, explotar nuestro potencial y luchar para lograr un objetivo: el desarrollo de la sociedad salvadoreña. Asumamos el nuevo desafío.

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