Opinión

17 Ene 2014
Opinión | Por: Jaime Ayala

Nos vemos el 2

Ese día se reunieron los de todas las épocas: la de los veinte años (ellos dicen que son quince, sino es que Francisco Flores los obliga a reducirlos a diez) y la de los últimos cinco. “Bienvenidos al primer gran debate presidencial ASDER 2004… 2014 quería decir”- indicó Armando Guzmán, con un tono de voz muy similar al que se escucha en el noticiero de Univisión. A pesar de corregirse inmediatamente, en el ambiente quedó una sensación de que algo en ese “circo” montado en CIFCO no hacía clic.

 

El morbo comenzó. ¿Por qué no los enfocan a todos? ¿Por qué la imagen parece pre-grabada? ¿Cómo es que van casi ocho minutos y no los hemos visto? De repente, Guzmán sacó nacionalidad salvadoreña – pues por un momento el conversatorio pareció no ser una pantomima – y, haciendo referencia al tema de educación, preguntó cuánto costaría la transformación que proponía cada uno. “¿Y de dónde van a sacar el dinero para pagar por este nuevo concepto educativo?” – cuestionó.

 

Tony era el primero. Tardó catorce segundos en saludar y agradecer, pasados otros dieciséis ya hacía referencia a lo que había realizado durante su pasada gestión. Treinta segundos y no había contestado la interrogante. Entonces lo dijo: “La gran pregunta que deben estar haciéndose todos en su casa es qué tipo de educación vamos a tener”.

 

No, Sr. Saca, ese no es el gran cuestionamiento que tenemos en nuestros hogares. Irresponsable sería de mi parte hablar por todos los salvadoreños, pero yo insisto en que quiero saber qué jugada hizo con la Diego de Holguín, por qué sus empresas aumentaron utilidades tan de pronto, qué va a ganar al boicotearle la elección a ARENA, aunque deba darle sus votos al FMLN en segunda vuelta (sí, eso puede pasar).

 

Llegó el turno del poco conocido militar René Rodríguez. No perdió el tiempo. Comenzó a mencionar todas las propuestas que se le han ocurrido. Este era su momento, sus cinco minutos de fama. Usted no es mal candidato, Sr. Rodríguez, pero estas elecciones no le han asignado más que un par de líneas.

 

La bola pasó a Sánchez Cerén. Los ojos salvadoreños se pegaron al televisor. Sabían que algo sucedería. Se trabó al hablar, y mucho, quizás demasiado. Redundó y repitió.  Su mirada estaba fija en el vacío, quizás intentando recordar lo que había memorizado. Comenzó la lista de navidad ya caducada: computadoras, infraestructura, propuestas que quizás en otra situación espacio-tiempo de El Salvador (un país con solvencia económica) serían viables.

 

Mucho se le puede recriminar a Sánchez Cerén. No es el mejor candidato, tampoco el mejor orador, pero su manera de hablar refleja historia. Es muestra del tiempo que pasó escondido en cerros luchando por nuestra democracia (sí, vaya sorpresa), y el poco acceso que tuvo a una buena educación, así como cientos de miles actualmente en nuestro país.

 

Llegó Óscar Lemus y al menos logró recordar algunas estadísticas, las cuales difícilmente sepa qué significan. No tiene idea de cuánto es el PIB o la deuda. No merece más humor en este texto. Ya tuvo suficiente esa noche.

 

Comenzó el segundo momento que todos esperaban. Unos preguntaban – en son de burla- si lloraría. Norman Quijano comenzó describiendo una situación que todavía no queda claro si hablaba de los últimos cinco o veinticinco años. Su buena técnica en oratoria se hacía sentir. Hacía propias las propuestas, y eso se reflejaba en la buena manera de venderlas. El desastre comenzó cuando despidió a ingenieros, abogados y arquitectos en una sola frase (dicho sea de paso, el mundo sí está demandando ingenieros).

 

Norman sabía que el conversatorio era para ganarse a la clase media, a la gente con televisor, internet, y acostumbrada a un cierto estilo de vida. Casi lo logra, hasta que mencionó la palabra “militarizar”. La última burla que escuché fue si el dinero lo iba a sacar de lo que devolvería Francisco Flores.

 

Súmenle tartamudeos al debate, algas (sí, algas), que de repente la confianza es la clave del crecimiento económico y un toque de queda. Nadie dijo cuándo, por qué, ni mucho menos cómo. No saben nada, ninguno de los cinco tiene idea alguna de lo que habla. Nos vemos el 2. 

  • Isaac Caceres

    De las pocas columnas imparciales que he leído en este sitio, fue un gusto leerla 😀

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