Opinión

3 Abr 2014
Opinión | Por: Jaime Ayala

No más de lo mismo

Hace dos semanas, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) ratificó a Salvador Sánchez Cerén y Óscar Ortiz como Presidente y Vicepresidente de la República de El Salvador, respectivamente. Junto con esto, las protestas y reclamos por parte del sector opositor fueron desapareciendo. El calor electoral fue disminuyendo conforme las evidencias de un posible fraude eran desmentidas o mal fundamentadas. Quizás lo poco que podamos anotar en estas elecciones tan cerradas respecto a esto, es que si alguna vez existió un fraude, difícilmente podremos saber, al menos con certeza, cómo se implementó.

Diversas teorías circularon desde el mismo día de la elección hasta hace una semana, muchas veces unas desmintiendo a otras, lo cual hacía más dudar de esta posibilidad. Las acusaciones perdieron apoyo, los jóvenes regresaron a sus labores en universidades y los empleados respectivos, a las empresas. De no suceder lo contrario, Salvador Sánchez Cerén asumirá como nuevo Presidente de El Salvador en un par de meses.

Durante el tiempo de campaña política, ambos candidatos hicieron poco énfasis en los integrantes de su gabinete de gobierno, a excepción de Norman Quijano, quien apenas en los últimos días reveló algunos de los personajes que lo integrarían. Es muy cierto que un presidente tiene enorme incidencia sobre el rumbo de un país, pero lo que más debería importarnos es la capacidad de las personas que dirijan ministerios e instituciones claves, sumado a que no respondan a una agenda política.

El FMLN tiene la oportunidad de elegir personajes con alta capacidad técnica, y ojalá pudiera extender la invitación a algunos de los que figuraban en el gabinete gubernamental de ARENA. Esperemos, también, que brinde la libertad necesaria para que el conocimiento técnico prevalezca sobre el político. La concertación de la que tanto se habla no debe ser solo política, sino también económica.

ARENA, por ejemplo, proponía el desarrollo de las zonas interiores del país. La nación ya no puede apostarle solo al desarrollo de la capital y zona metropolitana. La atracción de  inversión, el desarrollo de infraestructura y la generación de empleo debe enfocarse a la zona occidental y oriental, tomando en cuenta cada uno de sus departamentos. Esta podría ser una de las apuestas que el gobierno del FMLN podría tomar de la oposición. Ya los argumentos de que 10 años no van a poder contra 20 debe empezar a desaparecer. Cambios en el sistema de transporte público, apertura de inversiones al sistema de pensiones y vitales reformas en la calidad de la educación que involucren a los docentes son decisiones que deben dejar de ser evaluadas, y empezar a ser ejecutadas.

Como último punto, Salvador Sánchez Cerén debe olvidar las viejas prácticas de gobiernos anteriores, esas que Mauricio Funes no pudo dejar, comenzando por los $1.4 millones que se utilizarán para la ceremonia de toma de posesión. No importa si es la más barata de todas, o si marginalmente la diferencia es mínima, el costo de oportunidad y el simbolismo de ese dinero -en este país- es mucho mayor.

Si Sánchez Cerén quiere parecerse a Pepe Mujica -tal y como expresó en alguna ocasión-, unificar a la nación o reafirmar compromisos con la educación y su pasado revolucionario, no estaría mal que la ceremonia se desarrollara en una escuela pública, algún auditorio de la UES o en lugares similares. No solo se ahorraría el dinero, sino que  enviaría un mensaje muy importante a la sociedad salvadoreña y, en especial, a quienes no votaron por él.

Esperemos que el gabinete gubernamental elegido por el nuevo presidente sea no solo el correcto, sino que también le sean brindadas las libertades y capacidades de decisión necesarias para encaminar el país a un futuro más prometedor. Las próximas elecciones legislativas serán clave para esclarecer un poco el rumbo político del país, pero también es necesario que se garantice continuidad en las políticas públicas implementadas, punto que ha sido muy difícil de cumplir en los últimos años.

 

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