Opinión

27 Jul 2017
Opinión | Por: Eduardo Rosales

Negociaciones oscuras

El país vive y experimenta una crisis social y política, en donde retrocedemos los burdos avances que nuestra democracia en pañales había obtenido.

Los diputados nos dieron, en un martes negro, un combo legislativo compuesto por una serie de reformas que consisten en un robo a gran escala a los ahorros de los trabajadores y el debilitamiento a la justicia, dejándola sesgada y amarrada sin derecho a castigar. Se escuchan aseveraciones, donde a los políticos se les olvida que deben rendir cuentas a los ciudadanos y que están en su curul gracias a la ciudadanía, quienes los eligieron para que los representen.

Se piensa que la confrontación es de fuertes y el diálogo es de débiles. Pero, una serie de organizaciones, tanto sociales y académicas con diversidad de pensamiento, nos hemos unido ante una misma causa. Rechazamos la manera abrupta y oscura de cómo se dieron estas negociaciones que claramente responden a intereses personales y partidarios, y que, a simple vista, generan un retroceso a la democracia, pero, sobre todo, generan un retroceso a la lucha en contra de la corrupción.

El cambio que El Salvador anhela y necesita es mucho más radical de lo que podemos esperar de la participación de la ciudadanía en las elecciones, porque implica un cambio en la educación de los salvadoreños; la cual en su forma presente solo es un dispositivo de imposición de las políticas de austeridad a la población. Los contenidos del cambio que tenemos que preparar para hacer frente a la catástrofe producida por la política de austeridad y la corrupción son, entre otros, recuperar la institucionalidad de las carteras del estado, transparentar las finanzas públicas y el aumento de los recursos para la educación pública.

No se puede construir una sociedad sobre la indiferencia, la corrupción, pero, sobre todo, sobre la confrontación. Y, sin embargo, este instrumento fue eficiente en la elaboración de la Constitución para incluir a políticos que en teoría deberían ser ingenieros para construir puentes, pero en realidad los destruyen; también, en la creación de una cultura que en apariencia era abierta y “moderna”, pero que en realidad se sostenía sobre el no saber o no querer saber los límites de la libertad. Una sociedad pensada sobre estas bases no puede tener un proyecto sostenible.

Como ya lo he dicho en una de mis columnas: “el cambio político que debe llegar tiene que conciliar de nuevo a la política con los ciudadanos. Ha de empatizar con la gente y sus problemas, algo obvio, pero que viendo al Gobierno actual es evidente que no ocurre. Lo que necesita este país es perder el miedo a cambiar. Para ello, no hacen falta grandes relatos o grandes hegemonías.”

La clase política ha fallado porque ha mostrado cobardía al no sacar la cara por el pueblo.

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