Opinión

15 Dic 2017
Opinión | Por: Sara Larín

Necesitamos amor sólido

De acuerdo a un artículo publicado en la Prensa Gráfica el pasado mes de julio, el Fondo Poblacional de las Naciones Unidas (UNFPA) presentó un documento acerca del costo social del embarazo adolescente en El Salvador, y presentaba cifras de 25.132 jóvenes entre 10 y 19 años que salieron embarazadas. Algunas de ellas fueron abusadas sexualmente por miembros de sus propias familias y la mayoría inició una relación formal con una pareja 10 años mayor que ellas. Finalmente, el documento hacía énfasis en las consecuencias económicas del embarazo adolescente.

Esta realidad confirma que el actual plan gubernamental de seguridad, salud pública y “Educación Integral en la Sexualidad” (EIS), en El Salvador, no responden a las verdaderas necesidades que reclama la juventud salvadoreña. Porque, principalmente el problema no radica en el embarazo, sino en el hecho de que se trata de niñas de 10 años que no deberían, desde ningún punto de vista, mantener relaciones sexuales con nadie; lo que convierte a todos estos embarazos en prueba de un evidente abuso sexual.

Las estructuras sociales que deberían estar protegiendo a estas niñas están fallando. La familia, la comunidad y el Estado abandonaron a estas niñas, y es sumamente angustiante que agencias internacionales como la UNFPA instrumentalizan estos casos para vender programas de educación sexual infectados de ideologías dañinas y utilitaristas que cosifican la dignidad humana.

Programas tales como el EIS hace que predomine un concepto de sexualidad veterinaria que se limita a instruir a los jóvenes en la adquisición y uso de métodos anticonceptivos, como si la sexualidad se redujera a un mero acto mecánico y asumiendo que todo lo que importa a los jóvenes es satisfacer sus impulsos sexuales. Estos métodos lo que buscan es prevenir los “desastres” o, mejor dicho, anular toda la responsabilidad y las consecuencias de mantener relaciones sexuales con otra persona; enfocándose en no contraer enfermedades de transmisión sexual y embarazos.

Sin embargo, aunque la sexualidad humana tiene una base biológica, también tiene una base afectiva que de igual manera necesita ser educada. Debemos apostar al amor sólido y no líquido, en el que el amor se les está escapando entre los dedos a una juventud que está sedienta de anhelos trascendentales para sus vidas, tales como establecer relaciones maduras, románticas y duraderas, para luego diseñar un proyecto de vida que incluya la posibilidad de formar una familia.

A lo que le tenemos que apostar es a una educación sexual y afectiva que potencie el desarrollo de las virtudes humanas, que permitan dar cumplimiento a la práctica de los valores desde la infancia. Es decir, un niño educado en los valores del respeto, orden, responsabilidad, amistad y el servicio desinteresado, probablemente luego será un adolescente o joven responsable de las consecuencias de sus actos, consciente de lo que implica tener relaciones sexuales y que quizás tomará decisiones para su vida de forma ordenada. Respetará con mayor importancia la fidelidad en sus relaciones adultas y asumirá los compromisos hechos con su pareja.

Todos los que estamos interesados en proteger a las nuevas generaciones de ser vulnerables frente a la coerción, el abuso y la explotación sexual, debemos saber dar respuestas ante las inquietudes de los jóvenes respecto al sentido de la sexualidad y tenemos la obligación moral e intelectual de influir en las políticas de educación sexual y afectiva. Ya que, las relaciones románticas entre una pareja puede desembocar en la formulación de una nueva familia y la familia es factor clave para el desarrollo social, es la intuición social más importante que protege los intereses legítimos de los niños.

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