Opinión

29 May 2015
Opinión | Por: Mario Hernández Villatoro

Monseñor Romero ya perdonó a su asesino

¿Por qué seguimos con rencores contra uno de sus hijos, sin que él tenga la culpa de ese homicidio?

Antes de iniciar con el objetivo, aclaro que Roberto d’Aubuisson hijo no es personaje de la política con el que simpatizo, lo he criticado por acciones en su gestión como diputado y lamenté mucho que hubiera ganado la alcaldía de Santa Tecla.

Pero en esta ocasión no hablaré de gestiones en instituciones públicas actuales, sino de la supuesta orden que d’Aubuisson padre dio de asesinar a Monseñor Romero, hecho que dio lugar aquel 24 de marzo de 1980, marcando la extensa historia sangrienta en el país e inició un período de transición que permitió que el pasado sábado 23 de mayo quedara marcado en la historia como el día en que ese pastor fue beatificado.

Un informe de la Comisión de la Verdad para El Salvador de la Organización de Naciones Unidas señala al Mayor Roberto d’Aubuisson Arrieta como el autor intelectual del cruel homicidio de Monseñor Romero. Un hecho que en la actualidad pocos se atreven a negar.

Roberto d’Aubuisson hijo ha tenido que cargar con los señalamientos, críticas e insultos por el asesinato que, según la Comisión de la Verdad, fue ordenado por su padre. Treinta y cinco años después de la muerte de Monseñor Romero, d’Aubuisson hijo presenció el evento de beatificación al igual que miles de salvadoreños y extranjeros que colmaron la Plaza al Divino Salvador del Mundo y sus alrededores, a sabiendas que iba a recibir duros comentarios de la gente resentida con la familia del que ordenó el homicidio. “Huele a azufre”, decían por aquí; “¡Asesino!, pedí perdón por matar a Monseñor Romero”, gritaban por allá.

En mi columna anterior expresé: “que su beatificación signifique la penetración de su mensaje, dar paso a la abnegación en beneficio de nuestro prójimo, de ese hermano que necesita un pequeño empujón para caminar y un par de insumos para continuar con la cadena de transformar vidas”. Precisamente el mensaje que Monseñor Romero invocó en tantas homilías fue el amor al prójimo, el perdón, la reconciliación del pueblo y el cese de la violencia.

Con esos insultos a d’Aubuisson, la gente demuestra que solo están emocionados por este magno evento, sin entender aún las causas que Monseñor defendía o sin querer ponerlas en práctica. Monseñor Romero, con un corazón noble, ya perdonó a quienes lo asesinaron. ¿Por qué seguimos con rencores contra uno de sus hijos, sin tener la culpa de ese homicidio?

¿En realidad es difícil despojarnos de revanchismos y rencores? ¿Cuesta entender y poner en práctica el mensaje que Monseñor manifestó en sendas ocasiones? ¿Cómo pretendemos ser un país unido y sin violencia, si mantenemos esta confrontación y generamos tanta división? ¿Acaso era pecado la presencia de d’Aubuisson hijo en ese lugar? Y si él tuviese vinculación con el asesinato, ¿qué hubiese hecho Monseñor? ¿Qué hubiera hecho Dios? ¿Le prohibiría la permanencia en ese lugar? Estas preguntas se responden solas.

Centrar mi atención en la presencia de d’Aubuisson hijo en la beatificación es con el fin de retomar ese hecho como ejemplo para recordar que la unión, el perdón y la reconciliación, son valores que están muy lejos de practicarse; pero en un país en el que sufrimos constantemente los embates de la violencia, resulta urgente y necesario dejar atrás sesgos partidarios y divisiones ideológicas, para lograr la unidad como hermanos salvadoreños y poner en práctica el mensaje de reconciliación y amor al prójimo.

D’Aubuisson tuvo la valentía de ser parte de esta fiesta y a la vez de jugar el rol que como salvadoreños tenemos que desempeñar si queremos ver un cambio positivo. Con su actitud se comprometió a ser parte de una nueva era en el país, en la que tenemos un beato que hoy nos llena de orgullo, un beato cuya conducta fue ejemplar y se mantuvo firme en su cruzada antiviolencia, perdón y reconciliación hasta el último día. Y tú, ¿cuándo te comprometerás a ese cambio?

 

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