Opinión

30 May 2017
Opinión | Por: Mateo Villaherrera

Monseñor Romero y su dimensión política de la fe

Monseñor Romero expresó enérgicamente que la Iglesia Católica tiene un rol importante en la configuración social y política en el mundo. Asimismo, señaló que la función principal de la Iglesia es procurar que los sectores vulnerables, excluidos y  desamparados sean asistidos económica, social y espiritualmente para mejorar su calidad de vida. Monseñor resaltó, en innumerable ocasiones, que el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros, el mundo de los pobres. El beato se identificó en su caminar pastoral en El Salvador con los hombres y mujeres más pobres, y oprimidos. Su labor estuvo enfocada a acompañar a los más “necesitados”. Aquellos humildes a los que el hambre, la pobreza y la segregación los agobiaban día a día.

Los señalamientos que él realizaba para describir la opresión que se practicaba sobre los ciudadanos eran muy acertados y contundentes. De igual manera, en nuestra actualidad, los flagelos que atacan a los más desprotegidos son reales y con grandes repercusiones para las generaciones subsiguientes. Todos hemos conocido el clamor de tantas familias que han sufrido en carne propia el impacto de la violencia e inseguridad.

Aquellos desprotegidos que siguen viviendo a pesar de la crisis y de las dificultades, sin recibir de nadie el apoyo que merecen. Un sistema político polarizado, donde no hay consensos, ni diálogos que busquen orientar los esfuerzos necesarios para establecer las políticas públicas que prioricen la necesidad de los poco privilegiados. ¿Quién se acuerda de ellos? ¡Sí, también existen!

Monseñor insistía que la Iglesia debía encarnarse en el mundo de los pobres para lograr el cumplimiento auténtico de su rol espiritual, social y humanitario. La Iglesia se aleja de las palabras del beato, cada vez que opta por inclinar su misión eclesial al servicio de los privilegiados sociales, los grupos de poder económico y los mandatarios que dirigen la administración pública.

Se reconoce que se debe sostener buenas relaciones con todos los sectores, pero el trabajo debe enfocarse por completo en asistir a los poco privilegiados. Para nuestro beato, la Iglesia debe renunciar a los privilegios que concede la oligarquía en todo el mundo y acercarse a los más necesitados como una muestra verdadera de amor al prójimo.

El llamado para los ricos, según Romero, consiste en que se conviertan en pobres para compartir con ellos los bienes terrenales y, por consiguiente, los celestiales, a los que la Sagrada Escritura hace referencia en Lucas 6, 20-21: «Bienaventurados ustedes los pobres, porque el reino de Dios les pertenece. Bienaventurados ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Bienaventurados ustedes los que ahora lloran, porque reirán». Ese es el anuncio de la Buena Nueva para los que adolecen de mucho sufrimiento en El Salvador. Un mensaje lleno de esperanza y amor en medio de la crisis, y el dolor.

Romero expuso, días antes de su asesinato en un discurso pronunciado el 2 de febrero de 1980, luego de recibir un Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Lovaina, que la dimensión política de la fe se descubre correctamente en la práctica concreta que se realiza en la asistencia de los pobres. Además, mencionó que la fe auténtica es la que se encarna en el mundo socio-político y se instaura con procesos liberadores, que son también socio-políticos. Esa encarnación y praxis religiosa, a su vez, concretizan los elementos fundamentales de la fe en la humanidad.

Probablemente, iniciemos una reflexión sobre nuestra Iglesia y su papel en la actualidad. ¿Está realmente comprometida con la defensa y custodia de los pobres? ¿A qué sector está beneficiando con su labor? Romero sostuvo que la Iglesia es perseguida por denunciar las injusticias y servir a los pobres, pero ¿Existe actualmente esta persecución? Si es así, ¿Cuáles son los verdaderos  motivos? Para finalizar, hay que preguntarnos si nosotros estamos acompañando a la Iglesia en este arduo proceso descrito e implementado por nuestro Beato Óscar Arnulfo Romero.

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