Opinión

5 Abr 2017
Opinión | Por: Verónica Ruiz

Moda Cuántica

A principios de 1900, una de las ramas más fascinantes de la física daba sus primeros pasos de la mano de grandes científicos como Max Planck y Albert Einstein. Nacía la mecánica cuántica, uno de los pilares de la física moderna. La mecánica cuántica estudia el comportamiento de la materia a escalas muy pequeñas, del orden del tamaño de un átomo y partículas subatómicas como electrones, protones, positrones, entre otros. Para tener una mejor idea del tamaño de los sistemas descritos por la cuántica, podríamos poner un millón de átomos en una longitud igual al diámetro de un cabello humano.

En la mecánica clásica, si conocemos las condiciones iniciales y ciertas características del sistema y del entorno, podemos predecir que le sucederá a un cuerpo. Por ejemplo, tenemos ecuaciones que nos permiten predecir qué tan lejos puede llegar una bala disparada por un cañón, con qué fuerza golpeará el suelo, qué distancia retrocederá el cañón al momento de disparar la bala; podemos encontrar en qué posición estará la bala en un momento específico, y qué velocidad tendrá en ese preciso instante.

En el mundo cuántico, las ecuaciones de la mecánica clásica no funcionan, la forma en la que se comportan las partículas a estos niveles no permite que conozcamos su estado. No podemos conocer con exactitud su posición, solo podemos saber la probabilidad de que la partícula se encuentre en un lugar. Tampoco podemos conocer simultáneamente y con exactitud la posición, y la velocidad de una partícula sin afectarla, esto lo describe el principio de incertidumbre de Heisenberg (para muchos, ahora el pseudónimo de Walter White tiene sentido).

Densidad de probabilidad de encontrar un electrón para diferentes energías, las partes más brillantes indican las zonas en donde es más probable encontrar un electrón

La mecánica cuántica establece que las partículas subatómicas intercambian energía de forma discreta, es decir, en pequeños paquetes de energía, a los que Planck llamó quantum, de ahí deriva el nombre de la cuántica. El hecho de que la energía se intercambie en paquetes discretos ha sido comprobado experimentalmente y ha servido para estudiar fenómenos inexplicables para la física clásica.

La cuántica no concuerda con lo que experimentamos en nuestro día a día, es difícil comprender la ciencia de un microcosmos dominado por niveles discretos de energía, discontinuidades, probabilidades e incertidumbres, cuando en nuestra experiencia cotidiana estamos acostumbrados al determinismo, exigimos precisión y exactitud.

Siempre con un descubrimiento, en este caso la mecánica cuántica, vienen grandes dudas y grandes vacíos que aún falta llenar. Surge la fascinación, la obsesión del público por esos temas y querer modelar situaciones cotidianas utilizando la cuántica, aun cuando carecen de información avalada por la comunidad científica, que haya sido comprobada teórica y experimentalmente. Es entonces cuando nace el misticismo y las pseudociencias.

Muchos de los conceptos y herramientas que utiliza la cuántica para describir el mundo subatómico están siendo utilizados para sugerir que el Universo está hecho de pensamientos, que el mundo físico es producto de una mente cósmica ligada a la mente humana, a través del tiempo y el espacio. Una descripción que establece que el mundo material existe porque lo creamos con nuestras ideas y lo modificamos con nuestra consciencia, muy semejante a la filosofía del idealismo.

Esta concepción ha proporcionado la base para el surgimiento de diversas creencias acerca del dominio de la mente sobre la materia. Sugieren que no existe tal cosa como una realidad objetiva, que todo depende de quién y cómo la mire, intentando aplicar la incertidumbre al macrocosmos. Cuando tomamos las ecuaciones que se utilizan en mecánica cuántica y queremos utilizarlas para describir cuerpos del tamaño de los que vemos todos los días, como por ejemplo un ser humano, venimos a caer con la descripción Newtoniana, la incertidumbre desaparece.

Otro ejemplo es la curación cuántica, que sugiere que podemos curar todas nuestras enfermedades mediante el poder mental. Le dicen al público que, ya que sus mentes albergan infinitas probabilidades, con una mente lo suficientemente poderosa, pueden hacer colapsar esas probabilidades hasta lograr la sanación. Esta idea puede resultar peligrosa, ya que muchas personas se niegan a recibir el tratamiento adecuado y prefieren confiar en pseudociencias que eventualmente podrían llevarlo a la muerte.

Personalmente, no dudo de la complejidad de la mente, de lo fascinante de ese universo que llevamos sobre los hombros. No me cabe duda que hay mucho material que estudiar sobre nuestro cerebro, nuestra mente y nuestra consciencia; pero, hasta ahora, las respuestas a estas interrogantes nada tienen que ver con la mecánica cuántica nacida de la mente fascinante de Planck y madurada por el genial Albert Einstein. No podemos llegar al punto de arrogancia de pensar que el cosmos existe y es dominado por nuestras mentes, o una mente superior, hecho a nuestra medida, un Universo que existe para nuestro deleite.

El Cosmos existe con o sin nosotros, no está de nuestro lado, ni en contra, es simplemente indiferente.

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