Opinión

8 Feb 2017
Opinión | Por: Mario Hernández Villatoro

“Los niños de la calle”

Esa lástima por doquier que provoca ver a un niño pidiendo limosna, vendiendo diversos artículos para subsistir, limpiando parabrisas en las esquinas de las calles en lugar de estar en la escuela con un libro, con cuadernos, en clases o jugando con los compañeros y preparando arduamente su futuro. Sí, lastimosamente esa es nuestra realidad.

Es inaceptable para un país que supuestamente vela por el cumplimiento de los derechos de la niñez y adolescencia, ver a niños en el semáforo frente a CIFCO, a unos cuantos metros de Casa Presidencial; en los alrededores del Salvador del Mundo, en la Alameda Juan Pablo, los Héroes, frente a Metrocentro San Miguel y en muchos lugares apostados en las calles.

Es irracional que, por falta de amor familiar, carencia de educación, atención y oportunidades de superación, los niños y adolescentes jueguen a ser adultos. Las niñas quedan embarazadas a temprana edad y esperan un hijo, cuya dedicación y educación será nula, y de esta forma se va ampliando el círculo vicioso. Es inaceptable que por tantas carencias, los niños y adolescentes tengan que recurrir a falsos amigos, introduciéndolos en el infeliz mundo del alcohol, drogas, sexo y delincuencia.

Inician de mandaderos, dejando recados, tomando traguitos, fumando pequeños cigarros, moviendo bolsitas de droga, y de a poco van creciendo hasta convertirse en personajes con altos cargos en las estructuras delincuenciales. Transportan toneladas de droga, son extorsionistas profesionales y asesinos de clase mundial, sin el mínimo temor y consideración.

Estos pequeños, pero demasiados, errores van formando la servidumbre de tránsito terrible e insoportable que conduce a un complejo fenómeno social, ese fenómeno que tiene muchos años de gestarse y hoy es comparable con las grandes mafias. Es la factura millonaria que está pagando el país por su desinteresada atención en la niñez y adolescencia, por no brindarles el adecuado servicio de educación, por negarles el acceso a la salud, por no acceder a asegurarles una vida digna. Aquellos niños con sueños frustrados, crecieron como adultos frustrando los sueños de otros.

Ahora que tenemos este gran fenómeno social, el Gobierno por muchos años se ha centrado en la represión al estigmatizar a todos los jóvenes. Los tildan de pandilleros, los torturan, los discriminan y han asesinado a muchos de ellos, sin preocuparse por la cohesión social y sin estudiar las raíces de este flagelo para prevenir y erradicar este fenómeno desde sus bases.

Entiendo que indigna y provoca demasiadas alteraciones que grupos terroristas asesinen a personas inocentes, y en respuesta a ello se han suscitado “enfrentamientos de pandilleros contra policías” resultando muertos los primeros, y también han surgido grupos de exterminio. Pero esta justicia del “ojo por ojo, diente por diente”, puede conducirnos a un caos intolerable y descontrol social.

En Guatemala se han producido fenómenos similares, de los cuales ya se obtuvo respuesta por parte de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el caso de los “Niños de la Calle” (Villagrán Morales y otros) vs. Guatemala; en el que la Corte condenó al Estado por una serie de desapariciones y posterior asesinato de niños a manos de la Policía Nacional de Guatemala. Cambiemos el software o El Salvador será otro país condenado por los últimos asesinatos imputables al Estado.

La Convención sobre los Derechos del Niño, la Convención Americana sobre Derechos Humanos, el Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos, la Ley Especial Integral para la Niñez y Adolescencia, y tantas leyes especiales en pro de la niñez y los derechos humanos vigentes en el país, aparentemente nos dotan de herramientas jurídicas capaces de garantizar una vida digna y la incolumidad de los derechos humanos; infortunadamente, en la mayoría de los casos, dicha legislación solo se queda en decretos de buenas intenciones sin tener eficacia coercitiva.

Es menester enfocarnos en nuestra niñez y adolescencia, y su relación familiar, así como, reorganizar el trabajo desde la temprana edad en las familias, escuelas y otras instituciones que ejercen control social formal e informal; solo así tendremos futuras generaciones preparadas y hambrientas por engrandecer este pequeño país.

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