Opinión

25 Mar 2014
Opinión | Por: Herbert Escoto

Lecciones no aprendidas

Un primer paso para aprender de historia es abrir un libro, de esos extensos y detallados que al leerlos la persona realiza una escucha mental de la voz de la persona que narra los hechos. A medida que pasa la página, una historia distinta será encontrada. Sin duda, ni el más erudito en la materia es capaz de conocer en detalle los eventos que han sucedido desde aquella época de la cual tenemos información hasta el día de hoy.

La forma de analizar una guerra, una conquista, una invención, o incluso una biografía depende mucho de la versión que se estudia o de la que a conveniencia el oído y los ojos deciden prestar atención. La influencia del historiador está plasmada en cada letra y hecho relatado y, en ocasiones, no queda más que confiar en una de las perspectivas en que puede verse la historia de la humanidad.

¿Por qué analizar la historia? Si a veces es aburrida, en ocasiones interesante, frecuentemente pude ser no digerible, pero sin duda es necesaria. Los grandes líderes se han rodeado de historiadores, pues consideran que necesitan a su lado a una persona que sea capaz de aconsejarlos y de evitar comportamientos que la historia ha demostrado ser equívocos. No todos tienen un historiador en su casa, otros jamás han abierto un libro de historia, y definitivamente en países subdesarrollados libros con este contenido son un lujo que aquellos que sobreviven al ayer no pueden darse.

“¡Analizo la historia para conocer sus lecciones!”, “Para evitar errores remitámonos a la historia”, “¡Detesto esa materia porque se lee mucho!”, son algunas de las frases que muchas bocas hablan. Lo bonito de la historia son las lecciones que regala a la humanidad. ¡Y sin duda todas esas enseñanzas el hombre y la mujer las aprenden! Falso.

Sean prudentes con la lección que buscan, les podría caer como bomba al hígado. Atentos con el cuento que leen, podrían ser víctimas del engaño como intención principal del autor. Pero lo más importante es evitar a toda costa lo siguiente: cuidado con no aprender la lección.

Alguien en el cielo o en el infierno, o en el más allá o el más acá, o en aquello que su filosofía de vida o conciencia le indique creer, se carcajea al ver cómo el hommo sapiens se enamora de la misma piedra y tropieza con ella de forma habitual y terca. “¡Cuántas vidas se hubieran salvado! ¡Cuántos recursos se hubieran ahorrado! ¡Cuántas vergüenzas se hubieran evitado!”, si solo se tuviera la humildad de aprender la lección enseñada. Pareciera que el hombre y la mujer, al nacer y pisar la tierra, están destinados a ser incesantes emuladores de la historia, es decir, imitadores de acciones pasadas que procura igualarlas e incluso excederlas.

Por lo anterior, y por infinitas razones, se debe analizar la historia con la intención de querer aprender de ella. Se debe lograr un adiestramiento en identificar aquellas personas que prostituyen los hechos y quemar sus escritos “¡a la hoguera!”. No hay mayor pecado (transgresión, falta, delito o aquello que su filosofía de vida o conciencia le indique creer) que aprovecharse de aquellos intelectualmente vulnerables para sembrar ideas contaminantes.

¿Qué piensa? ¿A quién creerle? ¿Quid est veritas? El temor de no conocer la verdad, o escoger una lección errónea, puede llegar a frustrar la mente. Pero tal vez los párrafos anteriores solo son dramas y verbosidades. La única enseñanza que puede asemejarse a ser correcta es la siguiente: la única lección que la historia ha enseñado es que las personas no aprenden las lecciones que da la historia. 

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