Opinión

30 May 2013
Opinión | Por: Juan Martínez

Las revoluciones gemelas del 48

 

 

En 1948 un gobierno centroamericano fue derrocado por la vía de las armas. En su lugar, una junta de gobierno fue instalada con el objetivo de impulsar reformas sociales y asegurar la transición democrática del poder. En este contexto, la sociedad civil incluso solicitó la disolución del Ejército, en vistas de los daños que este había provocado hasta entonces en contra del pueblo. Sin embargo, los militares no abandonaron el poder, manteniendo la represión y las injusticias sociales que engendrarían algunos años después una cruenta guerra civil cuyo impacto todavía se siente tras más de 20 años de paz.

 

Aunque es claro que estoy hablando de El Salvador, un lector atento habrá notado la similitud con los eventos ocurridos ese mismo año en Costa Rica, tras la victoria de Otilio Ulate. El entonces presidente en turno, Teodoro Picado del Partido Republicano Nacional (PRN), acusó de fraudulenta a la elección de Ulate, que posteriormente fue anulada por la Asamblea Nacional. Este evento dio inicio, el 12 de marzo de 1948, a la Guerra Civil en Costa Rica.

 

La mente detrás de este evento histórico fue José Figueres, un hacendado, político y pensador. En su finca La Lucha, Figueres reunió y entrenó al Ejército de Liberación Nacional, conformado por 600 hombres. Concentrándose en el sur, donde Figueres contaba con mayor apoyo popular, el Ejército de Liberación luchó contra las fuerzas del ejército nacional, conformado por 1,000 soldados regulares, 500 efectivos brindados como refuerzos por el gobierno de Somoza en Nicaragua, y 3,000 hombres del partido comunista Vanguardia Popular. A pesar de la clara desventaja numérica, el ejército de Figueres logró rodear San José y, ante la posibilidad de una violenta lucha por la capital, el gobierno recurrió a la negociación coordinada por diplomáticos internacionales.

 

Estos eventos llevaron a la creación de una Junta que gobernaría por 18 meses y la formación de una Asamblea Constituyente para elaborar en 1949 la nueva Constitución, creando así lo que se conoce como la Segunda República. La consecuencia más famosa de la Revolución es la disolución del ejército en diciembre de 1948 y la formalización constitucional de su abolición en octubre de 1949, destinando sus recursos principalmente al ramo educativo. Como resultado, ya en 1976 Costa Rica invertía en educación más de cuatro veces el presupuesto educativo de El Salvador, mostraba una índice de alfabetización 26 puntos porcentuales más elevada y una expectativa de vida 10 años más larga.

 

Es equívoco argumentar que esta diferencia tan marcada en indicadores sociales encuentra su causa en la abolición del ejército per se. Antes de 1948 Costa Rica gozaba de condiciones muy favorables: el sistema de latifundios estuvo ausente en Costa Rica, probablemente dando lugar a un menor nivel de desigualdad social, y la participación libre de represión de los movimientos proletarios en la política. La inversión social tampoco se inició con la Segunda República; por ejemplo, el sistema de Seguridad Social fue creado al inicio de los años 40. La institución militar era débil y reducida. En contraste, la Junta de Gobierno salvadoreña del 48 estuvo conformada por tres militares y dos civiles, proporción que difícilmente permitiría la abolición del ejército.

 

Sin embargo, la lección es clara: tras la revolución, Costa Rica sacó de la agenda la pugna armada por el poder, puso en primer lugar la agenda social y se comprometió con la comunidad internacional, 40 años antes que sus vecinos en la región. Aunque nosotros no pudimos en 1948, el 16 de enero de 1992 nos dio una nueva oportunidad, ¿cómo estamos forjando nuestro futuro como nación?

 

“Ganada la guerra hay que ganar la paz…”

Teodoro Picado, 1948

Juan Martínez – Columnista de MedioLleno

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