Opinión

4 Dic 2017
Opinión | Por: Fernando Colocho

Las cicatrices de la Democracia

“El Salvador es un Estado soberano. La soberanía reside en el pueblo que la ejerce en la forma prescrita y dentro de los límites de esta Constitución”.

Así de solemne se lee el artículo 83 de nuestra Constitución Política, donde se expresa que el poder soberano le pertenece legítimamente al pueblo salvadoreño y será este quien determine su destino, dentro de los límites del orden democrático nacional. Sin embargo, ¿esto funciona así en la realidad?

Si lo analizamos con cuidado, los dos partidos políticos mayoritarios fueron originados en la época de la guerra civil –desde 1980 hasta 1992– y por inaudito que parezca, son sus dirigencias históricas las que siguen ostentando el poder político de nuestro país.

Por eso, El Salvador no avanza. Porque continúa siendo orientado por mentalidades ideológicas extremas con residuos de la guerra fría.

Me resulta completamente indignante escuchar en pleno año 2017 (¡25 años después de los Acuerdos de Paz!) acaloradas discusiones entre representantes del partido FMLN y ARENA, donde unos exigen una investigación exhaustiva sobre el manejo de los fondos públicos de los cuatro gobiernos del partido de derecha y otros exigen la misma investigación sobre los dos gobiernos del partido de izquierda, tal como se puede apreciar en el siguiente video. ¿En serio esos son los funcionarios que me representan? ¿Mis únicas opciones son dos partidos que se dedican a atacarse mutuamente y pedir una devolución de dinero al Estado, o una explicación sobre los daños de infraestructura y secuestros en tiempos de guerra? Lo siento, pero esto no es democracia.

Lo que tenemos en la actualidad es una dirigencia partidaria que tambalea ante las mínimas señales de renovación, con fobia al disenso y la autocrítica, y con la apertura únicamente a los grupos de población joven, que no sean lo suficientemente incómodos para las altas cúpulas. Este fenómeno ya ha provocado la renuncia de cinco dirigentes juveniles del partido ARENA, que pidieron “que se deseche la intolerancia para que la renovación trascienda el discurso”, y generó la renuncia a sus candidaturas a diputado por parte de Johnny Wright Sol y Juan Valiente de ARENA, y la expulsión del Alcalde de San Salvador, Nayib Bukele.

Algunos por ahí dicen que el arma más poderosa del hombre libre es el voto… pues respetuosamente me permito disentir. El ejercicio del sufragio no significa democracia en sí mismo. El derecho y deber de ejercer el voto solo habla de la capacidad de los ciudadanos para apoyar proyectos políticos previamente establecidos con candidatos ya designados por las cúpulas partidarias de las instituciones políticas tradicionales. En teoría, dichos proyectos deberían ser representativos de la población y que cada persona sea capaz de proponer y aportar en la generación de dichas propuestas para que cada uno tenga la posibilidad de identificarse con una plataforma afín a sus principios y valores personales, pero eso no es cierto.

¿Qué tan representativas resultan las propuestas del FMLN y ARENA? Pues más allá de los afiliados partidarios, acorde a la encuesta del IUDOP, un elocuente 63.4% de la población se pronuncia en contra de que el FMLN continúe gobernando y, peor aún, un 68.1% está en contra del regreso de ARENA al poder. El 59.2% considera necesaria la existencia de otro partido de izquierda diferente al FMLN y un 64.7% opina lo mismo sobre otro partido de derecha diferente a ARENA. Perdónenme, pero eso demuestra que no existe tal representatividad política en la actualidad.

Mi democracia aún tiene cicatrices de guerra. Y en la medida en que continúe siendo así, no será posible reconstruir un país desde el consenso político, mientras sigan gobernando las generaciones de mentalidad retrógrada que provocaron el conflicto armado y que apoyaban su prolongación. Hasta que todas esas generaciones abandonen el poder formal o fáctico dentro de los partidos políticos, se abrirá la esperanza a una generación de jóvenes con una visión de diálogo interpartidario. Una generación con la madurez de reconocer las buenas propuestas de otro partido sin resentimientos históricos o fanatismos ideológicos, con el único objetivo de construir conjuntamente una visión de país.

En la medida en que los candidatos que aspiran a la Presidencia de la República en 2019 no sepan interpretar el contexto político y sepan distanciarse de la ortodoxia partidaria, y sus vicios históricos, aquellos que representamos el 39.2% de la población que no votará por ningún partido político seguiremos viendo con escepticismo y desconfianza sus puentes/monumentos, sus tablas de surf y sus narices de payaso.

 

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