Opinión

21 Nov 2017
Opinión | Por: Erick Hernández

Juventud, divino futuro

“Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”Rubén Darío

Desde tiempos de la guerra, nuestro país ha tenido una tasa de migración muy alta a causa de los problemas sociales y el cierre de muchas oportunidades. En situaciones de crisis el humano tiende a escapar y buscar refugio lejos del problema, pero la verdad es que deja descuidado su lugar de origen. Algo así ha sufrido en gran medida nuestro país por muchos años.

La migración no es un problema en si para la sociedad, pues en muchas ocasiones les permite a las personas encontrar mejores oportunidades para superarse y crecer a nivel académico, social, económico y cultural. Pero, el problema surge cuando, a raíz de este proceso, la mayor parte de la población joven se va y no regresa al país, manteniendo a la nación en el mismo estado de crisis y problema de siempre.

Si bien es cierto, el Estado tiene cierta culpa pues no incita a la juventud a quedarse o regresar al país, no busca incentivar la creación de espacios y oportunidades. Son los jóvenes los que debemos comprometernos a sacar adelante a nuestro país. Si tenemos oportunidades de crecer y aprender, también debemos ayudar a otros a crecer y enseñar lo aprendido. Quizás la mayoría solo piense en subsistir, pues así les ha tocado desde que tienen memoria y no se les puede culpar por ello, y otros en tener un buen salario y disfrutar de lujos y placeres con ello, lo cual tampoco está del todo mal pues cada uno elige qué hacer con su vida. Pero, hay un factor que podría ser determinante y es la empatía. Pues si pensamos empáticamente no solo buscaremos actuar en beneficio nuestro, sino que, también, en favor de los demás con cada acción o labor que realicemos.

Como jóvenes no podemos seguir ignorando los problemas que sufre nuestra sociedad, no podemos hacernos los desentendidos y hacer nuestras vidas como si estuviéramos solos. Muchos simplemente deciden olvidar y huir, porque creen que todo está perdido y nada puede cambiar, como que fuera el Titanic naufragando y todos abandonándolo, y corriendo a “los únicos” botes salvavidas que ven, sin importarles cuantos se quedan atrás.

Nuestro país no es un barco, quizás sí estemos en una situación terrible y que destruye las esperanzas, pero si como ciudadanía nos unimos y luchamos juntos por salir adelante lo lograremos. Por más políticos corruptos que haya, por más que la violencia nos intimide, por más que con el tiempo las oportunidades sean más escasas; somos los salvadoreños los que hacemos a nuestro país. Si cada uno se compromete con cada uno de sus actos a ser mejor, a ser diferente, a cambiar la situación, entonces estaremos demostrando que aún hay esperanza. No me refiero a ser voluntario en una ONG, a participar en charlas o debates sobre la situación, a convertirnos en política -aunque sería bueno también incluirnos en estas acciones- sino a levantarse con buenas intenciones cada día, a no botar la basura en la calle, a saludar cuando vamos caminando, a tratar a los demás como quisiéramos ser tratados.

Es en las cosas sencillas y cotidianas, donde podemos empezar a marcar la diferencia, pues muchas veces pensamos en hacer grandes cosas, pero descuidamos las más pequeñas. Dejemos de esperar a que alguien nos de las oportunidades y creémoslas nosotros mismos. No dejemos que nuestras esperanzas se vayan para no volver y si lo hacen hay que ir tras de ellas y atraparlas, pues de nosotros depende el futuro y si trabajamos por ello, crearemos un divino tesoro.

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