Opinión

11 Nov 2016
Opinión | Por: Mario Hernández Villatoro

I Never Believed it

Nunca creí en eso. Fue un elección presidencial pero pareció un “reality show”. Una evidente clase magistral de xenofobia, insultos a las mujeres, descalificación a todo lo realizado por el actual presidente, rabietas por cada crítica, gestos de ninguneo a su contrincante, desinterés por la pérdida de apoyo de sus compañeros de partido y carencia de proyectos reales. Una campaña convertida en un capítulo de “El aprendiz”.

El éxito de los negocios, programas de televisión y certámenes de belleza los ha querido adecuar a una candidatura presidencial de la cual piensa que será exitoso usando los mismos métodos y levantando polémica por doquier. Pero esa polémica tiene un objetivo: “no importa si hablan bien o mal, lo importante es que hablen”. Frase típica y tomada muy en serio por el candidato. Bien hecho porque acapara portadas.

Desde mi corto interés en estar pendiente de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América, no había visto una persona que sembrara tanta división y creara polémica cada vez que aparece. Dicho interés estriba en la importancia de esas elecciones, pues las decisiones del gobernante del país más poderoso del mundo tienen incidencias y consecuencias en otras naciones, principalmente en los países en vías de desarrollo.

“Cuando envían mexicanos, no traen a los mejores, traen gente con muchos problemas, traen drogas, son violadores […]”; fue el primer discurso que le escuché cuando anunció su intención de ser candidato presidencial, previo a disputar las primarias. Ese discurso inundó las portadas al instante y lejos de perjudicarle, obtuvo adeptos para lograr la nominación republicana.

Acepto, yo tampoco daba un cinco por Trump, solo daba un par de centavos por Hillary. Ninguno se ganó una unánime admiración y los ataques personales entre sí solo demostraron su fortaleza en un ring de boxeo y abismal debilidad para cargar a sus espaldas el título de “hombre o mujer más poderoso del mundo”. Estamos en una crisis, tremenda crisis política y carencia de liderazgos, cuya consecuencia es que una persona con tantos defectos y sin preparación adecuada llegue a ser Presidente. Pero su contrincante tampoco tenía mucho que ofrecer ni demostró ser la heroína que necesitaba Estados Unidos.

Aquí están los resultados, inesperados pero reales. Un inexperto en política y todas las telarañas conexas, un experto en sembrar odio y división, es el nuevo Presidente electo de los Estados Unidos de América. Dominará un país del que dudó de su seguridad democrática en caso de no ganar, de verle rabietas constantemente, de dejar dominarse por la ira, de ser un misógino reconocido.

La gente así lo quiso y hay que respetar una de las mejores democracias. Solo resta darle la bienvenida a Trump como Presidente, advertirle que el despacho Oval no es otro capítulo más de El Aprendiz, recomendarle que controle la ira porque en un ataque de esos puede sacar armas y tomar decisiones desastrosas, que le baje dos rayitas a sus comentarios racistas, pues se le pueden volcar en las calles y provocar desórdenes.

El muro, las deportaciones masivas y todas las promesas extremas que vociferó tendrán que estudiarse con detenimiento, muchas de ellas son económicamente difíciles de cumplir, como la deportación masiva, la cual tendrá el Estado que gastar millones de dólares para solventar esta cruzada.

Debido a la inexperiencia de Trump, su temple agresivo y sus rasgos autoritarios, se augura un monopolio presidencial de portadas, decisiones antojadizas, comentarios fuertes y encontronazos con otras naciones.  Un Presidente necesita mantener intacta su estabilidad emocional, y aquí veo lo contrario, veo a un Presidente que es capaz de gobernar al estilo Hitler y de provocar la tercera guerra mundial. Now, I believe in the third world war. Espero equivocarme.

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