Opinión

10 Mar 2015
Opinión | Por: Jaime Ayala

Hablemos de cine

Discutir de cine implica abrir la mente a experiencias y temáticas que suelen ser ajenas a nuestra vida. Hablar de cine significa abrir los ojos en direcciones complejas pero satisfactorias.

 

 

Pocas veces se habla de cine entre amigos. Y no es sorpresa. Difícil, pero no imposible, es que un niño en este tipo de sociedad (salvadoreña), se contagie de la pasión que exaltan las buenas películas, y las malas también. Quizá -tan solo quizá- si viéramos más películas, seríamos un pueblo distinto, diría uno que otro cinéfilo. Los filmes, en esencia más básica, nos hacen crecer, pensar y comprender muchas temáticas, a veces ajenas a nuestra cultura. Las buenas historias nos obligan a plantearnos interrogantes importantes del común –y del no tan común a veces- vivir.

 

Que no se malinterprete nada todavía. El mismo pasar de nuestra infancia nos permite explorar la oferta más conservadora de las películas comerciales. Clásicos adaptados por grandes compañías (La Bella y la Bestia, El Rey León, Aladino, Pinocho, entre otras) representan, en la mayoría de los casos, el primer acercamiento a un arte que enriquece cultural y personalmente en todas sus facetas de producción.

 

El cine tiene muchos secretos; descubrirlos es placer y pasión. Porque sin duda, una manera de adentrarse y entender un poco de este arte es contagiarse de su síntoma más común: ver películas. Hay que entender lo que generan otras ligas cinematográficas, comprender las complejidades en la historia y en la producción puede llegar a ser un reto demasiado interesante y, por qué no, divertido.

 

Uno de esos desafíos, por ejemplo, es el que plantea el famoso clásico de Disney, Pinocho. La historia de esta marioneta, contrario a lo que puedan pensar, no comienza (y mucho menos evoluciona) como la historia norteamericana lo plantea. Para encontrar al muñeco de madera hay que viajar en el tiempo, a 1822, en Italia, para ser exactos. Carlo (Lorenzini) Collodi, periodista de la época, comenzaba a escribir Storia di un buratinno (Historia de un títere), en el primer periódico para niños llamado Giornale per i bambini. 

En la historia original, Pinocho, además de convertirse en asno, es comido por los peces, sus piernas se queman, es encarcelado y, por si no fuese suficiente, colgado a muerte por un par de ladrones. La diferencia es abismal y notable. Algunos dicen que Collodi nunca quiso hacer un cuento para niños, o que si acaso esa fue su intención quería hacerlo de una manera impactante y detallada. Muestra de eso es que el cuento original termina con la muerte de Pinocho, tras ser colgado. Los editores del periódico entraron en crisis y obligaron a Collodi a escribir un poco más, cuestión que eventualmente terminaría con la transformación de Pinocho en un niño de carne y hueso.

 

Sería Roberto Benigni quizás uno de los pocos en comprender las intenciones del ya mencionado escritor. El destacado actor y director italiano emprendería una tarea casi titánica con su película “Pinocchio”. La cinta, estrenada en 2003, no recibiría buenas críticas en Estados Unidos, a pesar de su aparente éxito en Italia. Aunque Benigni decidió omitir algunas de las escenas más grotescas, logró capturar la esencia más básica de la historia original, en una película protagonizada por él mismo. “Decidí hacer una película italiana en Italia, con actores y dinero italiano. Quise complacerme”, expresaría finalmente Roberto.

 

El cine es un entretenimiento. No hay duda. Pero también es una pasión, una herramienta para culturizar y hacer crecer una sociedad carente de valores. Esfuerzos han existido, como el de Efraín Cornejo y Carlos Aguilar, quienes en 2011 obtuvieron reconocimiento por parte de Microsoft, en el Foro Global de Socios del Aprendizaje. Su proyecto “Quiero hacer cine” enseñaba e incentivaba a los jóvenes del Centro Escolar Cantón Llanos de Achichilco, en San Vicente, a editar, grabar, actuar e incluso hacer guiones.

 

Discutir de cine implica abrir la mente a experiencias y temáticas que suelen ser ajenas a nuestra vida. Es cerrarle la puerta al paradigma de que las mejores películas son las que más venden o aquellas con los mejores efectos especiales.

 

 

 

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