Opinión

10 Feb 2015
Opinión | Por: Jaime Ayala

Grecia se ahoga

Pocos parecen tenderle la mano a una Grecia que se ahoga; nadie quiere hundirse junto con ella.

Lo que sucede en Grecia se puede explicar fácilmente. Supongamos que manejamos una pequeña compañía de venta de dulces. No solo vendemos lo suficiente para vivir adecuadamente, sino que somos capaces de prestar dinero a una baja tasa de interés. Tras solicitar ayuda monetaria, comenzamos a pagar mejores salarios a nuestros empleados, aumentamos sus planes de protección, invertimos en infraestructura y demás. Pasado un tiempo, nos damos cuenta que si damos crédito a nuestros compradores, podemos vender mucho más, y más, y, realmente, mucho más.

El ciclo continúa hasta que esas importantes ventas a crédito se convierten en activos que podemos comercializar entre distintos inversores (bancos, inversionistas, etc.). Continuamos gozando de bonanza económica, hasta que un día nuestros prestamistas desean cobrar las deudas. Lógicamente, nuestra compañía de dulces depende de las ventas a crédito, por lo que buscamos a estos clientes para que nos paguen. ¡Y vaya sorpresa la que nos llevamos: no pueden pagar!

Los inversionistas y bancos comienzan a desconfiar de nosotros, imponiendo restricciones dada nuestra nueva imagen de malos administradores. Pero tenemos un segundo problema: ahora nuestra empresa está al borde de la quiebra. Debemos pagar los altos salarios que prometimos, planes de gestión social, etc. Decretamos austeridad en la compañía y tomamos medidas para financiarnos. Todo sigue de mal en peor. Nadie confía en la empresa de dulces, seguimos pagando deuda con deuda y hay personas que dependen de nosotros para subsistir.

La historia de Grecia no difiere mucho. El período de bonanza crediticia que vivió gracias al euro le permitió aumentar salarios, trabajar en su sistema de pensiones, etc., gracias a la deuda. Tras la crisis inmobiliaria en los Estados Unidos, los inversionistas levantaron las miradas hacia donde tenían su dinero. Grecia no solo no había implementado políticas fiscales responsables, sino que su endeudamiento alcanzaba niveles demasiado altos, por lo que el gobierno se vio en la necesidad de solicitar ayuda financiera a la Unión Europea y al Fondo Monetario Internacional (FMI).

Tras los 130 mil millones de dólares aprobados por el FMI, el gobierno griego se vio en la necesidad de solicitar otro rescate, ahora por 150 mil millones, condicionando al país a la implementación de políticas de austeridad, como la disminución del gasto público y el aumento en impuestos. Esto impulsa a Grecia a una encrucijada importante: ¿cómo impulsar la economía y al mismo tiempo controlar y reducir el déficit fiscal? Desde que la economía griega cayó en 2008, y registró su golpe más bajo en 2011, la deuda nacional ha llegado a representar casi el 170 por ciento del PIB, según el FMI.

En enero de este año, Alexander Tsipras, licenciado en ingeniería, quien se confiesa admirador del Che Guevara y que ha militado en las juventudes del partido de izquierda Syriza, fue electo primer ministro. Tsipras ha conformado una alianza estratégica de antiausteridad con el partido de derecha, Griegos Independientes, lo cual representa un paso importante. El ahora mandatario griego buscará aumentar el salario mínimo de 658 a 853 dólares, subsidiar la energía eléctrica a los más pobres, reducir el impuesto a la propiedad y renegociar la deuda.

Pero no es cuestión sencilla. Tsipras tiene enfrente a una Alemania imponente que busca no solo impedir que la enfermedad griega se contagie a otros países como España y Portugal, sino también mantener su poder dentro de la Unión Europea. El 5 de febrero, el Banco Central Europeo notificó que dejará de aceptar la deuda de Grecia como una garantía de los bancos, cortando así el poco oxígeno que llegaba a un país que parece ahogarse. Horas después del anuncio, el primer ministro griego apareció frente a los medios, aclarando que Grecia no aceptará más órdenes externas, poniendo así en duda el nuevo paquete de rescate para el país.

Tanto Tsipras como su ministro de finanzas se encuentran recorriendo Europa en busca de apoyo y aliados. Pocos parecen tenderle la mano a una Grecia que se ahoga; nadie quiere hundirse junto con ella. ¿Sobrevivirán las riesgosas propuestas de Alexander Tsipras?

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