Opinión

16 Ene 2014
Opinión | Por: Aída Betancourt Simán

“Gran debate presidencial”: entre dudas y decepción

– ¿Qué crees que decidirán los indecisos después de ver el “debate presidencial”?

– Probablemente, no salir a votar.

 

Ese fue el primer intercambio que oí después de ver el “Primer gran debate presidencial en la historia de El Salvador” el pasado domingo 12 de enero. Nuestro país es ajeno a la tradición de debates presidenciales que es ya una exigencia casi constitucional en países como Estados Unidos, desde el mítico debate entre Kennedy y Nixon en 1960, o Francia –entre la primera y segunda vuelta- desde 1974, y que incluso ha llegado algunos países latinoamericanos que han empezado a instaurarlos como prueba requerida a los candidatos presidenciales, como México o Chile.

De hecho, nuestro país no se caracteriza por la cultura de debate a ningún nivel: no es algo que usualmente se practique en las escuelas, mucho menos presenciamos debates de ideas y argumentos entre la clase política. Es por esto que, ante un evento que generó tanta expectativa en la ciudadanía, fue aún más decepcionante el pobre desempeño de los aspirantes a la Presidencia de la República, que no aprovecharon el momentum para sorprender positivamente a su base de electores, y convencer a los votantes indecisos.

El magistrado del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Eugenio Chicas, describió el evento como un paso “trascendental para el país [que] abonará a una cultura democrática donde electores y electoras estarán debidamente informados e informadas.” Si lo que el TSE y la Asociación Salvadoreña de Radiodifusores (ASDER) buscaban era que todos los candidatos compartieran un mismo espacio para repetir, por turnos, sin cuestionamientos ni retos, las grandes líneas de su plan de gobierno en función de los temas principales, el “debate” cumplió con lo esperado. Pero si lo que se buscaba era una plataforma que permitiera a los ciudadanos conocer estas propuestas más de cerca y de forma más específica, incluyendo sus fuentes de financiamiento, no se logró el objetivo.

El formato no era propicio al debate y aseguraba a los candidatos una posición cómoda y segura durante las dos horas en las que expusieron, con más que menos claridad, sus propuestas en materia de educación, seguridad ciudadana, salud y economía. Por otro lado, la actuación del moderador se acercó más a la de un presentador de programa de juegos que a la de alguien cuyo rol era cuestionar a los candidatos, poner los temas en contexto, preguntar y repreguntar hasta obtener respuestas, no simples eslóganes de campana, y cuestionar a cada candidato en función de su trayectoria, la de su partido –del que los candidatos trataron de desligarse, salvo para atribuirse algunos aciertos-, y la coyuntura actual del país.

En cuanto al contenido, los candidatos fueron –una vez más- superficiales, imprecisos y demasiado generales en la presentación de sus propuestas alrededor de los temas prioritarios en la agenda nacional. Si bien es cierto hubo candidatos con mejor desempeño que otros, todos fallaron al no poder responder en ningún momento sobre el financiamiento de sus propuestas, esa interrogante que le ha sido planteada a todos los candidatos desde el inicio de la campaña.

A dos semanas de las elecciones, los candidatos tuvieron que haber aprovechado la oportunidad de, no solo concretar sus propuestas, esas que nos vienen repitiendo desde hace meses en mupis, anuncios virtuales, radio y televisión, sino además salirse de su zona de confort para dejar una impresión positiva en el electorado y, con estrategia y un poco de suerte, atraer a los indecisos. Este evento fue ciertamente un ejercicio democrático en la medida en que todos los candidatos tuvieron la misma oportunidad de informar sus propuestas a los ciudadanos -con acceso a radio y televisión (según la EHPM 2011, el 41% y el 84% de la población respectivamente)-, sin importar la disponibilidad de recursos financieros y presencia geográfica de su campaña.

Sin embargo, esperemos que, después de ver la decepción generalizada de los ciudadanos en columnas de opinión, programas de entrevistas o tuits (a excepción de los “trolls”, activados el domingo más que nunca antes), aprovechen lo que les queda de campaña para convencer a los salvadoreños de que son capaces de gobernar el país. Y por qué no, organizar un debate de verdad entre la primera y la segunda vuelta.

En cuanto a nosotros, no olvidemos que este es solo un momento en una campaña de meses, no dejemos que esas dos horas determinen exclusivamente nuestro voto y recordemos que nosotros, a diferencia del moderador, sí conocemos el contexto de declaraciones de los candidatos, la razón de sus propuestas, los antecedentes de sus gestiones en cargos públicos. Recodemos también que, al final de cuentas, somos nosotros quienes sufriremos o nos beneficiaremos de sus decisiones en los próximos cinco años.

 

 

 

 

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