Opinión

24 Nov 2017
Opinión | Por: Juan Carlos Méndez

¿Fanático, crítico o joven organizado?

En política hay de todo: desde aquella persona que le gusta ofender a medio mundo y no escuchar a nadie cuando habla de política; así como, otras que se limitan a comentar y a filosofar sobre la realidad actual, y otros que deciden actuar desde una estructura base, con objetivos claros, asumiendo y respetando liderazgos.

Todos hacemos democracia. No participar, no votar también es una forma de manifestarse. Sin embargo, es algo que poco ruido genera y que a los políticos poco les importa, porque mientras haya gente que vote por ellos, a pesar de sus errores y de los que históricamente su partido representa, seguirán las mismas personas acomodando leyes para a saber quién o qué grupos minoritarios, financiadores o hasta para sus propios intereses personales. Los países avanzan conforme a su democracia, ¿en El Salvador cómo estamos?

Ya no estamos en aquel tiempo en que los partidos utilizaban a la juventud para pintar y pegar promocionales, ni para poner sillas o quizás llenar auditorios, o plazas. Prácticamente esto ya se eliminó, o va en decadencia frente al mínimo relevo generacional, combinado al poder de las redes sociales, que son determinantes en la captación de votos y que en su mayoría son los jóvenes. Creo que los jóvenes seguimos siendo utilizados por los políticos de diversas maneras: aprovechándose de sus plataformas de incidencia, apelando a las necesidades como estudio y recreación, pero sin hacer nada concreto y hasta apoyándose en la creatividad para convertirlos en militantes cibernéticos con likes, retuits, memes y hasta perfiles falsos para que les apoyen.

No hay un estudio que lo respalde, pero creo que el fanatismo por la política se ha impregnado de forma ligera en nuestro país. Si buscan la definición en internet, ser fanático es tener una pasión exagerada, defensa desmedida de una idea y hasta preocuparse ciegamente por algo con bajo grado de objetividad. Esto se evidencia en comentarios en redes sociales, donde no existe fundamentos de defensa más que el amor apasionado a una idea; los políticos saben esto, que en la juventud está la fuerza y el ánimo, y para mantenerlo crean una especie de efervescencia con sus tuits, fotos y comentarios, que al final nada abona a cambiar la realidad de la pobreza, la violencia o el desempleo. Normalmente, el fanático es el que siempre está buscando a alguien, políticamente hablando, para que le resuelvan sus problemas o el de los demás.

El joven crítico es el que siempre está opinando y/o que intenta mantener una opinión neutra y, a veces, hasta por conveniencia con tal de solapar sus verdaderos intereses. Esto es porque hay un cierto temor a expresar abiertamente de qué lado estamos, decir a qué idea o partido le vamos. Esto hasta cierto punto es normal, ya los partidos políticos nos han defraudado y cada encuesta profundiza la imagen negativa hacia ellos. Sin embargo, estar al centro no abona tanto como decidirse a participar activamente, esto sin menospreciar a los que su labor es generar opinión.

Finalmente están los jóvenes organizados. Quizás estos son los más criticados por seguir muchas veces ideas retrogradas o personas con una popularidad no muy aceptada en la sociedad, pero a la larga este grupo es el que de cierta forma genera mayor impacto: colaborando, aprendiendo y estando cerca de quiénes creen. Lo malo de esto es que se puede caer en fanatismo cuando no hay ideas claras de las metas individuales y cuando se deja de proponer, y se acomoda a la estructura, se cae ciegamente en “borreguismo”, es decir, solo seguir al que va adelante.

No se trata de buscar los extremos o la posición neutra por “conveniencia”, sino de tener ideas claras, de proponer y actuar o respaldar desde donde podamos. La política no debe ser confrontación, sino ideas que deben convertirse en acciones. Entonces, ¿de qué lado estamos?

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