Opinión

31 Mar 2016
Opinión | Por: Gracia González

En cuarentena por estrés

El estrés es la enfermedad del siglo que nos está afectando a todos en más formas de las que nos imaginamos. ¿Es posible vivir en nuestra sociedad actual y ser inmunes a este mal?

Cuarentena es una palabra con la que estamos familiarizados, en su mayoría porque la hemos leído o escuchado en películas e incluso en caricaturas. El término se refiere a un período de cuarenta días en el que una persona es aislada completamente durante una epidemia por peligro de contagio. Esta práctica surgió alrededor del siglo XIV cuando la humanidad se vio golpeada por grandes afecciones, la más conocida: la Peste Bubónica. Se comenzó a tomar esta medida pues las enfermedades eran sumamente contagiosas y los médicos no descubrían su causa. El remedio para frenar su contagio fue aislar a quienes las padecían.

En la actualidad padecemos de otro tipo de males. Vivimos en una sociedad llena de situaciones y mensajes negativos que todos conocemos. Somos constantemente bombardeados con malas noticias, palabras de desesperanza, personas con actitudes pesimistas y todo esto nos sumerge día a día. No es extraño que a menudo nos sintamos preocupados por la situación, por el futuro, y que vivamos nuestra vida viendo las cosas más grises que de colores.

Lo más peligroso de todo es que se ha comprobado científicamente que el estrés y los estados de ánimo son altamente contagiosos. Por eso, no es de extrañarse que después de pasar largas horas junto a personas estresadas en el trabajo o de compartir tiempo con una persona malhumorada, uno termine sintiéndose irritado. Es tan contagioso que la televisión misma nos puede transmitir estrés o mal humor. ¿No te ha pasado alguna vez que después de ver una película muy trágica terminas cansado y triste?

Sin embargo, así como estos estados negativos son contagiosos, también la felicidad lo es. Nuestros pensamientos y sentimientos tienen un efecto tan fuerte en nosotros mismos que nos pueden afectar físicamente. Si estamos felices, nos sentimos más capaces y fuertes. Si estamos deprimidos nos sentimos físicamente más débiles y podemos ser más propensos a enfermarnos.

¿Qué podemos hacer para no contarnos entre las víctimas de esta enfermedad del siglo? Con preocuparnos sólo agregamos más estrés y no resolvemos nada. Lo primero es darnos cuenta que en nuestro entorno hay muchas cosas que no podemos cambiar y unas cuantas que sí. No podemos cambiar cómo actúan los demás, las decisiones que toman, a veces ni siquiera las circunstancias en las que nos encontramos. Lo que sí podemos modificar es nuestra actitud. Podemos decidir cómo actuar frente a determinada circunstancia, podemos elegir cómo sentirnos frente a un suceso, podemos ser dueños de nuestros pensamientos y, en lugar de contagiarnos de lo negativo que nos rodea, ser luz e irradiar alegría y positividad.

Siempre va a ser más cómodo no hacernos responsables de nosotros mismos; decir frases como: “así soy yo”, “así es mi carácter”, “toda mi familia es así”, “no puedo”. Sin embargo, nuestra vida, y probablemente la de quienes nos rodean, da un giro positivo si decidimos tomar una actitud diferente y fresca.

Como decían las abuelitas: “lo más importante es la higiene.” Desde un punto de vista médico ésta tiene por objetivo la preservación de la salud. Por ello no sólo debemos cuidarnos físicamente sino también ocuparnos de nuestra salud espiritual, moral y mental. Cuidar de quién nos rodeamos; cómo reaccionamos ante las circunstancias y los problemas; los mensajes a los que nos exponemos a través de los medios; y nuestros pensamientos internos, esos que no compartimos con nadie más y que pueden llegar a ser muy negativos y destructivos.

Es probable que el medio te esté contaminado y que tú te hayas convertido en fuente de contagio. Para ello debes darte cuenta de tu situación, tomar la iniciativa de cambiar y poner tu mente en cuarentena, alejándote de las fuentes negativas y fortaleciéndote con pensamientos y una actitud distinta. “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir…” (Romanos 12,2).

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