Opinión

16 Oct 2014
Opinión | Por: Herbert Escoto

El silencio de la opinión pública

Lo bonito sobre el silencio de la opinión pública es que forma parte del ejercicio de la libertad de expresión.

A mi parecer uno de los peores castigos que puede hacérsele a un ciudadano es silenciar su voz. No solo es señal de una incivil violación a la libertad de expresión, sino que también es reflejo de una democracia pervertida. Por fortuna, a nivel Latinoamericano –tras las extensas décadas de dictaduras militares­– es posible hablar de la existencia de un avance significativo en el ejercicio de la libertad de expresión, tomando en cuenta que hay excepciones de vez en cuando.

El valor de la voz de los ciudadanos es algo que debe enorgullecer a una sociedad. En especial cuando esta voz potencia las masas y fomenta los valores republicanos y democráticos que deben estar siempre vigentes. Uno de los efectos positivos que resultan del ejercicio de una libertad de expresión dirigida a señalar los movimientos de los funcionarios públicos son la rendición de cuentas y la mejora continua en la gestión pública.

La libertad de expresión que ejerce la sociedad civil debe ser responsable y prudente. Responsable en el sentido de que no puede ejercerse de una forma que transgreda derechos fundamentales de otras personas, y prudente en cuanto a que lo que se expresa debe tener como parámetro la verdad real. La voz de la ciudadanía debe respetarse, y las distintas opiniones que se tengan sobre determinados sucesos deben ser valoradas aunque no se compartan.

En fin, dejaré de redundar y llegaré al grano. Algunos ciudadanos critican fuertemente a las personas que de manera frecuente dan sus opiniones en medios de comunicación masivos pero que no se expresan sobre algunos temas, específicamente a los de corrupción. Esta conducta la denominaré “el silencio de los opinólogos”. ¡Es cierto! Puedo mencionar muchos nombres de personas dedicadas a la opinión pública que no se han pronunciado sobre temas de corrupción, o más bien, no se han aventurado a señalar culpables. Algunos lo harán por conveniencia, otros por no querer tocar temas espinosos que perjudiquen su objetividad pública, pero lo más importante –y estoy seguro de ello– es que muchos guardan silencio porque la prudencia les gana la batalla y los obliga a morderse la lengua.

Esta insistente prudencia provoca que algunos opinólogos aguarden un momento para expresar lo que realmente piensan. Incluso, esta prudencia podría llevar a que estas personas jamás se pronuncien sobre el tema. Un silencio voraz, carnita para los receptores de la opinión, y que definitivamente genera sospechas sobre la objetividad del opinólogo, pero que en el fondo se trata –en ocasiones– de una mera conducta prudente.

Lo bonito sobre el silencio de la opinión pública es que forma parte del ejercicio de la libertad de expresión. ¡Sí! El silencio es una forma de expresar, y en ocasiones la más efectiva. A veces el silencio grita más que la voz que sale de nuestras bocas.

Por todo lo anterior, con el riesgo de no caer en una contradicción con lo dicho inicialmente, el silencio de la voz de los ciudadanos no siempre será un síntoma de una democracia pervertida, esto siempre y cuando el silencio sea autoimpuesto por el ciudadano y no por un tercero de forma coactiva. Solo de esa forma es permisible que la voz de un ciudadano sobre cierto tema no se escuche.

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