Opinión

28 Abr 2017
Opinión | Por: Juan Carlos Menjívar

El rey Bukele

Se cuenta, que más allá del faro del pacífico, existe una ciudad de cables, habitada por más de doscientos mil miserables. Un gigante de acero recorre sus calles y cada vez que en el quieres andar, treinta y tres monedas de cobre tienes que pagar, porque es el único que en el camino amarillo libremente puede transitar. Cuenta la leyenda que al adentrarnos en esta ciudad, una imponente estatua puedes encontrar, para muchos la luz de su oscuridad, el divino salvador de esa ciudad.

La ciudad de cables es gobernada por un rey inefable, que para practicar, llevo su felicidad, a otro lugar, dijo que tenía nuevas ideas y que las quería hacer realidad. Su pasión por lo nuevo y aspiración por la marca, lo llevo a gobernar el municipio perfecto para dejar su estampa.

Parques, bibliotecas y becas no eran suficientes para mantener las muecas, el rey se percató y el partido se preocupó, porque claro, el partido lo alzó. Algo que deben saber es que el rey llegó para obedecer. Nieto de los países de arena y hermano de nuestras venas, necesitó un pequeño empujón para comenzar con su revolución, pero fue esto mismo lo que lo llevo a la indignación.

Con los pulgares arriba y el trinar de los pájaros creó su distintiva, lleno de aplausos y elogios el rey dispuso a su antojo. Las nuevas ideas llegaron y todos expectantes se miraron, pero no todo era felicidad, aun había una gran verdad, el rey necesitaba más dificultad que alejara cualquier casualidad.

Su práctica concluyó, por tres años el reinó, un nuevo reto era la continuación, pero a la gloria se acostumbró. Entre tambores y porras anunció su decisión, queriéndose comer el mundo y todo a su alrededor. Una aplastante victoria apreciaba, pero obtuvo lo último que esperaba, entre su contrincante y él, solo cuatro puntos los separaba.

La ciudad de cables obtuvo a su rey, un rey con un toque de azucena y miel, en nuevas ideas se basó y con puertas abiertas él gobernó. Una obra por día prometió, de pequeña a grande él cumplió. Sin embargo, el gran rey olvidó, que por mucho que brille se cuide del sol.

Al rey le encantan las luces y lo reluciente, y más si sus ideas son aplaudidas de forma frecuente. Ocupar la gran F para impulsar su mandato, utilizar a los pájaros para hacer sus mandados. Sus ideas tienen un brillo de oro creciente, estamos ante el rey midas presente. El parecido entre ambos es más que evidente.

Y aunque casi todo en reluciente metal convirtió, no todo lo que brilla es oro, él pensó. Donde debería encontrar apoyo y respaldo, solo encontró, a Mata hablando. Para su sorpresa y resignación, desde el cocinero hasta el mensajero ya le sugirieron su dimisión.

Escribir de un rey es toda una odisea, algo que está más allá de todas mis ideas. El rey debe aprender, que tiene que saber perder, no necesita con cinco mil personas gritar, que se haga justicia en su ciudad. No necesita un reportaje en el New York Times, mucho menos una reunión con su majestad. Necesita que se baje de su pedestal y vea a sus ojos su ciudad, tiene que saber que si a los miserables quiere gobernar, ya con espejos no los puede tentar, por mucho que amen ver sus calcetines al andar, en algún momento se van a cansar. Aquel valiente que quiera gobernar, pantalones de acero tendrá que usar, un rey que no le tenga miedo a la realidad de una ciudad que completamente cableada esta.

*Un agradecimiento para Jenniffer Elizabeth Cordero Alfaro por su valiosa ayuda para la creación y desarrollo de este artículo, sin ella no hubiera sido posible obtener tan buenos resultados

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