Opinión

16 Jun 2015
Opinión | Por: Carlos Segura

El mundo ama a Óscar Romero

En esta ocasión deseo hablar de Monseñor Romero, pero no de cómo es percibido a nivel nacional, sino más bien de su imagen y legado alrededor del mundo.

El 23 de mayo de 2015 fue beatificado Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado en 1980 durante la consagración de la Ostia en la Santa Misa. Como católico salvadoreño, me siento sumamente feliz y honrado de ver reconocido el mérito de Monseñor, quien nos dejó un mensaje de lucha por la igualdad, la justicia, la solidaridad y respeto a los derechos humanos. Creo estar en lo cierto cuando digo que la gran mayoría de mis paisanos están felices por la decisión del Vaticano de reconocer su legado a través de una beatificación.

En esta ocasión deseo hablar de Monseñor Romero, pero no de cómo es percibido a nivel nacional, sino más bien de su imagen y legado alrededor del mundo.

He vivido fuera de El Salvador desde 2003, pero siempre mantengo vínculos muy fuertes con mi país y regreso cada año. Cuando me fui a buscar mi suerte a los 18 años, conocía muy poco de Monseñor. Sin embargo, me di cuenta de que mucha gente lo conocía y me hablaba de él. No solamente salvadoreños lo hacían, sino que también ciudadanos de otros países como Francia, Estados Unidos, España, Canadá, Italia, entre otros. Gracias a eso, poco a poco me fui interesando más en su legado, hasta llegar a admirarlo y tenerlo como guía espiritual actualmente.

Todos sabemos que Monseñor es muy criticado por ciertos sectores de la sociedad civil, lo cual lamento mucho, ya que él fue un gran hombre que siempre luchó por defender la dignidad del ser humano, sobre todo la de los más pobres y frágiles. A los que lo critican les digo: estudien su vida, su mensaje tan cercano a la doctrina social de la iglesia católica. No hagan caso de la instrumentalización de su imagen, ya que él no fue un político, sino un líder espiritual. Curiosamente, cuando extranjeros hablan de él, los comentarios son generalmente positivos. Mucha gente que no tiene nada que ver con El Salvador, o que ni siquiera son católicos, lo ven como un ejemplo a seguir, como un guía espiritual, como un Santo.

En ocasión de su beatificación, la diáspora salvadoreña y el servicio exterior se movilizaron para organizar actividades en su honor. De California a Tokio, de Estocolmo a Buenos Aires, hubo ceremonias, conferencias, misas y fiestas para celebrar tan importante evento. Puedo hablar con detalle de lo que pasó en París, puesto que lo viví de primera mano: la Diócesis de París, en coordinación con otras entidades, incluyendo la Embajada de El Salvador en Francia,  organizaron una misa solemne en la reconocida Catedral de Notre-Dame, la cual fue celebrada por el cardenal André Vingt-Trois, arzobispo de París y por otros sacerdotes, incluyendo el nuncio apostólico.

A la misa asistió la comunidad salvadoreña, amigos de El Salvador, y representantes de otras religiones; en total, fueron más de mil 600 personas las que llenaron la catedral. Tuve la oportunidad de participar en el coro cantándole a Monseñor Romero. Está de más decir que fue un sentimiento inigualable cantarle a mi guía espiritual en una iglesia tan importante. Todos estábamos muy contentos y orgullosos de ver a nuestro Beato celebrado a miles de kilómetros de nuestro país.

Algo importante en el reconocimiento internacional de Romero es que el 24 de marzo, fecha de su martirio,  fue reconocido por la ONU como el Día Internacional de Derecho a la Verdad y Derecho de las Víctimas, ya que él mismo fue injustamente una víctima de la violencia en contra de los ciudadanos inocentes bajo regímenes autoritarios.

No hay duda de que el mundo ama al Beato Romero. Agradezco de todo corazón a todas las personas de otros países que han asistido a las celebraciones en torno a su beatificación. Les invito a seguir su ejemplo y a rezar para que nunca más El Salvador vuelva a los tiempos de dictadura que vivimos durante tantas décadas.
¡Que viva  la libertad, que viva Monseñor Romero!

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