Opinión

27 Ago 2013
Opinión | Por: Carlos Segura

El golpe de estado y el fracaso del Islam político

El pasado 3 de julio en Egipto fue derrocado el Gobierno de Mohammed Morsi, elegido democráticamente un año antes bajo la bandera de los Hermanos Musulmanes. Se reprodujo casi lo mismo que en 2011: el pueblo salió a manifestar, el ejército le dio un ultimátum al Presidente para que dejara el poder. La diferencia es que en este caso, aunque a mucha gente no le guste, Mohammed Morsi era un presidente electo libre y democráticamente después de las revoluciones de la Primavera Árabe. Y, ¿cómo se le dice al derrocamiento por militares de un presidente electo democráticamente? Llamémoslo por su nombre: se llama golpe de estado. Pero al ejército egipcio no le gusta llamarlo así, prefieren decir que ellos cumplieron con la voluntad del pueblo y ayudaron así a la consolidación de la democracia en Egipto.

Los Hermanos Musulmanes ganaron las elecciones presidenciales en 2012. Su legitimidad fue reconocida por la Comunidad Internacional. Como todo gobierno, tenía sus simpatizantes y opositores. Todos sabemos que tener a la Hermandad en el poder puede resultar delicado y polémico. El odio y la oposición en contra del régimen fueron en gran parte provocados por su autoritarismo y su incapacidad de conciliar. Eso nadie lo niega, es cierto que la mayoría de egipcios no estaban satisfechos con su desempeño. Pero parece que si siguen así, Egipto y los países del Medio Oriente van a vivir de golpes de estado: cada vez que un gobierno cometa errores, el ejército se va a encargar de sacarlo del poder. Eso no se llama democracia, eso se llama tener un ejército golpista. Ahora hay que lidiar con las consecuencias. Morsi ya no será Presidente y Egipto tendrá nuevas autoridades dentro de poco, si es que los militares aceptan dejar el poder y organizar nuevas elecciones libres.

En las últimas semanas, los enfrentamientos entre policía/ejército y los islamistas han sido sangrientos. Hubo más de 700 muertos y miles de heridos en 2 días. Los “Pro Morsi” siguen cometiendo actos violentos y parece que la represión que ejercían los Hermanos Musulmanes ahora la ejerce el ejército que los derrocó. Según cifras oficiales, solo el  14 de agosto hubo más de 600 muertos en las calles. Las violencias siguieron al día siguiente y el ejército decretó el estado de emergencia. Algunos edificios públicos fueron atacados y quemados, no solo en El Cairo sino que también en otras regiones como Alexandria y el Sinaí. El Ministerio del Interior autorizó a las fuerzas del orden a dispararle a los civiles que atacaran edificios públicos. También los islamistas atacan a la población cristiana, quemando sus iglesias, sus negocios y agrediendo a personas que manifiesten sus creencias cristianas.

Frente a esta situación de crisis, no puedo evitar tener el siguiente pensamiento: Cuando extremistas religiosos se meten en la política, las cosas terminan mal. Egipto ha sido durante décadas el pilar de la coexistencia pacífica entre los países musulmanes y el bloque occidental compuesto esencialmente por los Estados Unidos e Israel. Un régimen islamista no fue aceptado por la población egipcia y parece que el golpe de estado fue el “mal necesario” para darse cuenta que el Islam político ha fracasado en ese país. Los extremistas violentos son una minoría. La mayoría de egipcios son musulmanes pero no islamistas y quieren autoridades laicas que no impongan ningún tipo de visión religiosa. Ojalá eso se extendiera a todo el Medio Oriente y al Mundo en general, para que religión y política no se mezclen, para darle al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios, para ver el fin de todo tipo de religión política.

El Consejo de Seguridad de la ONU ha manifestado la “necesidad de detener las violencias y de progresar hacia una reconciliación nacional”. Esto se logrará en la medida en que nadie quiera imponer ninguna visión política del Islam y que vuelvan a haber elecciones libres para elegir a nuevas autoridades.

 

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